Un canto a la memoria sentimental de lo que fuimos. (Reseña de Pepa Caro, escritora)

A principios del siglo XX, el físico Paul Dirac formuló una ecuación sobre el entrelazamiento cuántico que la cultura popular ha bautizado como la ecuación del amor y que ha reformulado de la siguiente forma: cuando los personas se conocen e interactúan durante un periodo de tiempo y luego se separan, sus destinos quedan unidos de tal forma que lo que le ocurre a una, le influye a la otra pese a estar separadas por el tiempo o la distancia.

En una interpretación literaria, Alicia Domínguez se ha valido de esta ecuación de la física cuántica para conducir las vidas de los personajes de la novela cuyo título ha tomado prestado a Dirac. Una novela de la que algunos escritores como Juanjo Téllez, Daniel Heredia y Óscar Lobato han dicho cosas como que ‘recrea un tiovivo formidable de vidas’, que ‘los lectores quieren quedarse a vivir entre sus páginas por un tiempo’ o que ‘tiene un impresionante fluidez narrativa’.

La ecuación de Dirac es una novela de regresos, encuentros y despedidas en la que sus personajes vuelven para cerrar heridas y, así, comprenden la profunda humanidad de quienes les precedieron. Es lo que le ocurre a Álvaro que, en el lecho de muerte de su madre, Dolores, aprende a conocerla mejor, a comprender su amos abnegado, represivo y doliente. A través de ella, y de su tía paterna, Charo, descubrirá las dificultades por las que atravesó su padre, que emigró ilegalmente a los EE. UU. en los años 50 como polizón en un barco, y su familia, en general, en un país que acababa de sufrir una guerra y una posguerra en la que el miedo y el hambre estaban presente en las calles de Cádiz, unas calles cuyo ambiente la autora recrea con tanto detalle que casi puedes verlas.

Ninguno de los protagonistas de La ecuación de Dirac es plenamente feliz: Manolo, apesadumbrado por la vuelta obligada a España tras quebrarse el sueño americano, un sueño que se derritió como la miel en sus labios y que le obligó a sobrevivir de nuevo en España, en el boquete, como él denomina a Cádiz: «Infierno es vivir en este boquete, temiendo que los civiles vengan a por mí. Infierno es pasar hambre y no poder decir nada porque la calle está llena de chivatos deseando congraciarse con los falangistas. Infierno es la comisaría donde mataron a Canito por maricón. Eso es el infiero. ¡Nueva York es la vida!; Álvaro, porque se siente atascado en su carrera de pianista y frustrado con su relación sentimental; Lucía —un personaje que, sin ser el principal, tiene un peso determinante en la historia—, porque, a pesar de ser una abogada de éxito,  la educación franquista y represiva que recibió le impide vivir plenamente su vida personal, una vida condicionada por una madre que nunca le expresó cariño, una mujer sin problemas económicos, pero muy mediatizada por su papel de esposa en una familia bien, frustrada en su matrimonio y excéntrica en su comportamiento; Dolores, porque es la eterna doliente, la mujer abnegada a la que no se le permitió tener, siquiera, deseos.

Cada una de las historias que se narran en La ecuación de Dirac tiene interés por sí misma y todas completan a los personajes y, en especial, a los femeninos que, sin saberlo, tienen un pacto con la vida y el barrio donde se desenvuelven; son solidarias, aguantan sus penas y honran a sus muertos.

Y así, todos y cada uno de los personajes son incomprendidos, incluso por sí mismos, e incompletos porque les falta algo: el marido, el hijo, la ilusión profesional, el amor o la verdad. Y todos son, de algún modo, producto de esa sociedad franquista asfixiante cuya sombra sigue proyectándose en la siguiente generación como el eco de los pasos ya idos de los que se fueron.

Destacan las descripciones de los escenarios donde se desenvuelven los personajes: Manhattan, con sus torres y fábricas vomitando humo negro, el frío que provoca sabañones, el minúsculo apartamento de Brooklyn donde vive Manolo, el centro español, llamado la Pequeña España…; Cádiz, con sus calles, plazas, tiendas, bares, perfectamente identificables para los que conocemos esta ciudad. Y todo ello, envuelto en una banda sonora, la autora suele recurrir a la música en sus novelas, que va desde el ‘Pequeño vals vienes’, a la ‘Danza Húngara’, pasando por Manolo Caracol o los Beatles en una amalgama de temas que encuentran su sitio en la novela.

En suma, La ecuación de Dirac es una novela coral con varios personajes contando una historia que se completa con sus perspectivas y voces entrelazadas y que forman una trama tan compleja como la vida misma. Un canto a la memoria sentimental de lo fuimos y que nos conformó, con un final en el que María Callas, la soprano griega considerada la cantante de ópera más eminente del siglo XX, pone voz a una novela que atrapa al lector y le hace pensar.

Scroll al inicio