«Que sí, que llevo las papeletas, no me lo repitas más», responde por tercera vez al marido mientras maniobra para introducir la silla de ruedas en el ascensor. Cada vez le cuesta más trabajo, le duelen las manos, le duele la espalda, ella entera es un puro dolor. Antes, la ayudaba su hija Rosa, pero desde que el padre la echó de casa está ella sola para esos menesteres. Menos mal que Antonio cada vez sale menos; los domingos, a misa, y los viernes, a echar una partida de mus con los pocos amigos que le quedan, entre los que se han ido muriendo y los que lo han mandado a la mierda por insoportable, los puede contar con los dedos de una mano.