Como en un tiovivo

«Cierro los ojos y veo a todas las personas que estaban en la sala esta tarde», confiesa Antonio desde el asiento de atrás del coche. Es lo primero que decimos desde hace un rato, desde que salimos de la prisión del Puerto III y, a nuestras espaldas, volvieron a cerrarse las numerosas puertas que atravesamos un par de horas antes, ilusionados y nerviosos, dispuestos a leer a los reclusos un relato gracias a la invitación de la Asociación de Personas Lectoras La voz a ti debida. Koki, Juanma y yo le damos la razón y comentamos algunas cosas, pocas, preferimos continuar en silencio, procesando las sensaciones que borbotean en nuestro interior. «Yo tampoco puedo dejar de pensar en esa gente», afirmo y sigo preguntándome en qué momento la fortuna se olvidó de ellos y tomaron la decisión —o no la tomaron, simplemente la vida les empujó— de hacer lo que les envió a cárcel, a verse privados de libertad, a tener que esperar años para volver a pisar la calle, para ver a sus seres queridos sin que se interponga un cristal o en un vis a vis después de esperar treinta largos días».

Lee el relato completo en CaoCultura

Scroll al inicio