Como siempre, llego con retraso al dentista. Empiezo a pensar que lo llevo en los genes o bien, que alguien me echó una maldición, la maldición de los tardones. Subo las escaleras corriendo, los escalones son muy altos, así que llego sin resuello. La enfermera me abre la puerta, me saluda y me informa de que la consulta va con un poco de retraso. Respiro aliviada. Me invita a pasar a la sala de espera donde aguarda una señora que, al verme, me da los buenos días. Comienza a carraspear y a toser. Le pregunta a la enfermera si tiene un caramelito. Lo dice así, caramelito, y a mí me recuerda a mi madre cuando pedía algo que transgredía su régimen de diabética: un dulcecito, una cervecita, un jamoncito. El mismo tono, el mismo diminutivo, ese que no pide tanto como se disculpa. Pobrecilla, se fue sin aprender que también tenía derecho a pedir.