Leer a Alicia siempre es un viaje a nuestro interior (Y. Rocha, blog ‘Que el sueño me alcance leyendo’)

Alicia Domínguez me conquistó hace tiempo con su prosa. Quizá porque en muchas de sus frases me veo a mí misma y soy consciente que, de tener talento para hacerlo, es posible que hubiese escrito algo parecido. Tiene la fascinante habilidad para conseguir que sus lectores se sientan dentro de sus páginas, que se emocionen, que recuerden, que se pregunten, que miren alrededor y hacia adentro. Además, ya sabéis lo que me gustan los relatos, esas joyas capaces de crear un universo en poquitas páginas.

En «De memoria, perdón y otros conjuros» me he reencontrado con Alicia y sus relatos y ha sido un reencuentro feliz. En muchos de ellos he vuelto a levantar los ojos del texto para mirar por la ventana y pensar que sí, que así me sentí, así lo viví. Podría resultar aterrador verme tan reflejada, pero ha sido todo lo contrario: me ha acogido entre sus palabras como en un abrazo, por eso lo he ido paladeando a poquitos, releyendo incluso, volviendo atrás.

Los relatos, como iremos descubriendo, están conectados, pero no es una novela. Hay piezas que, como un caleidoscopio, se van encajando cuando las lees; otras centellean independientes. Alicia, con sus relatos, recorre buena parte del siglo XX y llega hasta el Covid, mostrando la historia de una familia con todo lo bueno y todo lo malo. Hay posguerra y dolor, hay esperanza, hay odios, amor, recuerdos imborrables. Se tocan temas que arañan el alma, como el 11-M, el cáncer o el maltrato, pero sin pontificar ni hacer demagogia, solo por lo que hicieron sentir a quienes lo vivieron.

Leer a Alicia es siempre una maravillosa experiencia y también un viaje a nuestro interior. En ocasiones ayuda a entendernos o a darnos cuenta de que eso que llevamos enquistado no es tan raro y que hay otros con mochilas semejantes. Nos hace sentirnos bien, creo que es el mejor resumen. Y lo que es mejor, nos muestra que siempre hay esperanza, aunque parezca que nunca llega el final feliz.

Mil gracias por emocionarme, Alicia.

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