Al acabar la lectura de La ecuación de Dirac, la novela de Alicia Domínguez, cabría preguntarse por el asunto real tras las peripecias de los numerosos personajes que desfilan por diferentes geografías y tiempos. Quizá su clave estribe en una reflexión de Lucía, una de sus protagonistas, en torno a su propia biografía que la describe como «un tiovivo formidable, en el que girasen la vida y la muerte, el dolor y la risa, el amor y la angustia. Pisamos —afirma en otro momento de la narración—, los mismos círculos, repetidamente».
El título de la novela, La ecuación de Dirac, responde a la física cuántica, a partir de una fórmula enunciada en 1928 por Paul Dirac, aunque a veces se le ha relacionado con los insondables mecanismos del amor. «Describe —explica uno de los personajes— el fenómeno de la conexión cuántica y viene a decir que, si dos sistemas interaccionan entre ellos durante cierto periodo de tiempo y después se separan, serán dos sistemas distintos, pero de forma sutil se convierten en un sistema único. Lo que le ocurre a uno sigue afectando al otro, incluso a distancia de kilómetros o a años luz. Siempre compartirán un vínculo. Siempre quedará algo de uno en el otro. Por toda la eternidad».
A través de distintos tiempos y diferentes escenarios, la narrativa explora las complejidades emocionales y las remembranzas de Álvaro, quien cuida en el hospital a su madre Dolores. A partir de ahí, desfilan la mala conciencia, el deber familiar, la protección y la opresión, el pudo haber sido y no fue, la salud mental, los secretos íntimos, la maternidad, la adopción, el exilio y el retorno, con el telón de fondo de la posguerra española que dio pie a ese Verano que trajo un largo invierno, título del célebre ensayo de la autora que desveló la crueldad de la represión franquista en Cádiz.
Por ahí, comparecen Manolo, emigrante ilegal en Nueva York, y su relación con Salma y Kate, de quien siempre continuó enamorado; Tommy, el italiano que le abre las puertas del sueño americano; Lucía y su hermano Tino, la generación que heredó las culpas de los padres; Moni e Inés; Angelines y Santiago, por no hablar del gaditanísimo nomenclátor de los motes, como El Pijota, El Tanana, el Campanilla: toda una ópera coral, aunque armónica, en la que la melodía la ponen las emociones y en la que importan los decorados, desde la geografía gaditana de varias épocas —La Camelia, Los Italianos, El Pájara Azul, los bares de la calle San Juan, el Mr. Peabody, el bar Tadeo, el hotel Roma o la farmacia de la calle San Francisco—, a la de Nueva York, entre el Ambassador, el restaurante Lorey, el bar de Sammy en el cruce de Lafayette y Canal Street o el teatro Lyceum, del que colgaba un cartel de Rita Hayworth en la famosa película Gilda. Como en una de las clásicas novelas bizantinas, de la mano de los personajes de Alicia Domínguez, viajamos desde el Paseo Marítimo de Cádiz y el bar La Marina a Hell´s Kitchen o Coney Island, desde el bar Lucero al Lower East Side de la Ley Seca,a la Little Spain de la calle 14 o a la Casa de España, donde lo mismo se celebraba el 14 de abril que las victorias futboleras. Desde el Greenwich Village, donde se refugió Sabicas de su miedo al franquismo y a los aviones, al Chelsea Hotel, donde se amaron en una canción eterna Leonard Cohen y Janis Joplin, no demasiado lejos de un bar de tapas españolas.
La realidad privada de los personajes convive aquí con la historia colectiva, como el arrojo solidario de la Brigada Lincoln o la siniestra caza de brujas de McCarthy. Pero también episodios silenciados como el de la homofobia institucionalizada, con Canito como ejemplo, breado a palos en la prevención aquella noche que lo sacaron del Pay Pay y él siguió cantando La Lirio en una España que se desangraba como afirmaba Manolo lleno de ira: «Infierno es vivir en este boquete temiendo que los civiles vengan a por mí. Infierno es pasar hambre y no poder decir nada porque la calle está llena de chivatos deseando congraciarse con los falangistas. Infierno es la comisaría donde mataron a Canito por maricón».
La novela también encierra una reflexión sobre el destierro, ya sea por motivos económicos, como los que huyeron de la miseria y de la filoxera a comienzos del siglo XX, o de la política y la guerra, el fantasma que se deja ver constantemente de manera transversal en sus capítulos, y una clara condena del totalitarismo, como moraleja en una narración que no es de tesis sino de vivencias, incluso la del bien morir frente a los estragos del cáncer, que la autora conoce de cerca.
Alienta a su vez un argumento sensorial, el de los olores y el de los sabores, desde el café de pucherete a la brea del muelle, los sonidos de la radio, los diálogos mestizos, los refranes o el impacto de un disparo o de un puñetazo. Se oye cantar por sus páginas el Lascia ch’io pianga de Hände, una y otra vez: «Déjame llorar sobre mi cruel destino y lo que anhelo por la libertad». Pero los versos con los que acaba responden a un aria de Carmen de Bizet: L’amour est un oiseau rebelle/ Que nul ne peut apprivoiser/ Et c’est bien en vain qu’on l’appelle/ S’il lui convient de refuser…”.
Porque esta es una novela con banda sonora, tan heterodoxa como oportuna, que transcurre desde el Pequeño vals vienés que compuso Leonard Cohen sobre versos de Federico García Lorca a los que tituló Take this waltz, y que Enrique Morente vertió al flamenco en su versión y título original. Pero también se pasean por sus capítulos las melodías de Ernesto Lecuona o el Cheek to cheek que interpretase Fred Astaire en Sombrero de copa. Una amplia paleta clásica: la Sonata número 2 de Rachmaninov, la Danza Húngara de Brahms, el Para Elisa, de Beethoven, el Concierto para dos violines de Bach, la Sinfonía Concertante de Mozart, o la diva María Callas interpretando Mon coeur s’ouvre a ta voix, la poderosa aria de Sansón y Dalila, de Camille Saint-Saëns. En los microsurcos imaginarios de esta obra, suenan también Manolo Caracol, Antonio y Manuel Mairena, entrelazados con Led Zeppelin y los Scorpions, Los Beatles y los Rolling Stones, Dean Martin o James Taylor, sin que falte el interludio gaditano de la banda de música del Hospital de Mujeres o los Simun.
Sin embargo, hay una música mucho más intensa en este relato, la del buen oficio literario que Alicia Domínguez viene demostrando, con un feliz empeño que va meciendo sobre una inasible partitura, la de la memoria sentimental.
Común o personalísima.