Hay novelas que se leen por puro entretenimiento y otras en las que las palabras son un vehículo para transformar la realidad. Al norte, la primera novela de Unai Sordo, pertenece a esta segunda categoría. Y no porque no obtengamos placer de su lectura, ni nos conmovamos con sus personajes, vivamos lo narrado gracias a sus magníficas descripciones o nos mantenga en vilo su trama, sino, precisamente, porque todo lo anterior le sirve al autor para revelar una realidad que, a menudo, no se trata en la literatura de ficción: el mundo del trabajo y las heridas físicas y emocionales que este provoca cuando la injusticia señorea sobre él.
Publicada por Hoja de Lata y prologada por Marta Sanz, Al norte se construye como una novela coral en torno a varios ejes narrativos (‘Entre valles’, ‘Visto para sentencia’, ‘Entre acantilados’, ‘Al norte’…) que atraviesan varias décadas, distintos lugares y diferentes personajes y realidades. Desde Juan Antonio y Aurora, emigrantes que llegan al País Vasco industrial de los años sesenta buscando un futuro mejor; a Xabier, un personaje turbio, que se marcha a Waalwijk (Holanda) para emplearse como flexworker en uno de esos gigantescos centros logísticos donde ya no manda un capataz con rostro, sino un algoritmo que organiza la vida; pasando por Cosme, el pequeño empresario que esconde un secreto que acaba costándole caro, y el gran empresario abusador, Ernesto, uno de tantos que hicieron dinero a costa del sufrimiento de las personas que trabajaban para él. Todos, personajes complejos, marcados por silencios heredados, por secretos que se llevan por delante vidas, por culpas o sed de venganza como único modo de reparar el daño sufrido.
A mi juicio, esta novela bebe de la novela social, del realismo crítico, que se desarrolló en España en los años sesenta y su gran acierto está en no conformarse con reflejar el mundo del trabajo como una ocupación y un modo de ganarse el sustento, sino como aquello que puede llegar a costarnos la vida por culpa de sus condiciones insalubres, de sus horarios, de la explotación que pone en riesgo la salud mental y física. Sordo conoce bien el mundo del trabajo, por ello, en esta novela no se limita a denunciar las condiciones laborales sino que escarba en lo que esas condiciones llegan a hacer en los cuerpos, en las mentes, en las familias, en la dignidad de las personas trabajadoras explotadas por la insaciabilidad de unos empresarios sin escrúpulos para los que son, apenas, un engranaje más de la máquina productiva.
Y como daño colateral de esa explotación, la familia. En ese sentido, Aurora es uno de los personajes que encarna el sufrimiento ‘vicario’: ella no trabaja en Balatzak, la empresa de su marido que sigue usando amianto en su producción a pesar de las prohibiciones legales, sin embargo, es la principal perjudicada por el simple hecho de lavar los buzos del marido, buzos que antes se lavaban en la lavandería de la fábrica que se cerró para ahorrar costes. Su figura tiene una fuerza simbólica brutal al encarnar la de tantas mujeres que han sostenido el mundo productivo desde la invisibilidad, que han guardado la memoria íntima y social, que han articulado los vínculos y sostenido la vida y que, siglo tras siglo, han sido víctimas de un sistema que las condenó a ser personajes de segunda categoría. Aurora es una doble víctima: por su clase y por su género, y su cuerpo, el lugar donde la asbestosis, la enfermedad generada por el amianto, se cebó sin que durante mucho tiempo tuviera nombre, indemnización ni reconocimiento.
Marta Sanz, en el prólogo, llama la atención sobre la dimensión corporal de la novela. Habla de la relación entre salud y explotación laboral, de cómo las condiciones materiales de la vida se graban en la carne, de cómo la literatura puede aproximarse a lo real para agrandarlo y así, verlo de otra manera. Su lectura ilumina una de las claves del libro: Al norte es, en efecto, una novela tatuaje porque muestra las marcas que el sistema deja sobre la piel de quienes no suelen protagonizar la historia oficial sino que son simple estadísticas, datos de crecimiento, de productividad, de competitividad obviando que esas personajes trabajadoras tienen nombre, deseos, miedos, memoria…
La elección del título me parece muy acertada. El norte aparece como dirección geográfica, pero sobre todo como promesa. Durante la época del desarrollismo español, Euskadi, el norte industrial, fue para muchas familias del sur una posibilidad de ascenso, una forma de escapar de la pobreza, una palabra cargada de futuro. Hoy ese norte se ha desplazado y puede llamarse Mánchester, Malmo, Waalwijk —el centro logístico en el que Sordo sitúa parte de la historia. Pero se llame como se llame, todos siguen una lógica: son los lugares donde la gente se marcha para poder vivir, donde sienten el desarraigo, donde añoran lo que dejaron, porque nadie se marcha de su terruño por gusto, sino por necesidad.
Y al desarraigo que han sufrido siempre los emigrantes, únanle la deshumanización que las nuevas condiciones de trabajo propiciadas por la tecnología están provocando. En el caso de la novela, esa deshumanización la protagoniza el algoritmo ISABEL, la presencia sin rostro que regula la vida de los flexworker hispanos, españoles o polacos. Un demiurgo que no grita, no mira a los ojos, no da explicaciones y, sin embargo, ordena cada minuto de la existencia con sus cálculos. Y es, precisamente, es en esa frialdad donde reside su violencia. Frente al antiguo paternalismo empresarial, con sus jerarquías, sus miserias, sus filias y fobias, ISABEL es una autoridad impersonal, invisible e inapelable.
Al norte es, en definitiva, una novela que se mueve entre lo íntimo y lo social y, precisamente por ello, muy necesaria porque devuelve centralidad narrativa a gente anónima: personas trabajadoras, emigrantes, mujeres invisibilizadas, cuerpos enfermos, familias atravesadas por la desgracia… Porque la literatura es una herramienta muy poderosa para visibilizar la realidad, para nombrar lo innombrado, para dar voz a quienes no la tienen, para poner el foco en la realidad del mundo del trabajo, un foco que su autor, como sindicalista que es, dirige con maestría sin que convierta su novela en un panfleto.
Pero, en contra de lo que pudiera pensarse, y sin negar la dureza de las historias, Al norte no es una novela desesperanzada, al contrario, en ella late la idea de que es posible intervenir sobre lo que, a priori, pudiera parecer inexorable, de que la fuerza colectiva es muy poderosa y de que, aunque los límites entre reivindicación, vindicación y venganza son muy tenues, siempre hay una finísima frontera donde la dignidad humana se sobrepone a la adversidad y le da la vuelta a la historia. En ese sentido, su sorprendente final da buena prueba de ello.
Al llegar a la última página de esta novela queda la impresión de que la historia es circular, de que se avanza, pero también se retrocede, de que cada victoria se consigue a costa de una lucha colectiva y sostenida, de que el progreso es el resultado del sacrificio de millones de seres anónimos que crean una riqueza que, ni por asomo, comparten;: y de que Unai Sordo ha escrito una novela ambiciosa, humana y, profundamente, política en el mejor sentido del término; porque toda biografía, por muy personal que parezca, es el resultado de las fuerzas sociales que movieron los hilos de la época que a cada uno le tocó vivir.