Les arrebatamos la esperanza

Esa mañana desperté inquieta. Las sábanas revueltas lo atestiguaban. Una sensación de apretura en el estómago me hizo intuir que ese día no iba a ser uno de esos infectados de rutina que venía arrastrando en los últimos meses. Entonces, aún ignoraba que ese martes de diciembre, anormalmente cálido, algo similar a un meteorito impactaría contra mi vida alterando la errática trayectoria en la que orbitaba desde hacía ya demasiado tiempo.

Llegué a la oficina alrededor de las siete y media. Algo inusual en mí, que nunca fichaba antes de las ocho y cuarto. Mi jefe ya estaba allí y, a juzgar por los dos vasos de plástico con restos de café que reposaban en la papelera, debía llevar un buen rato.

—¿Duermes aquí o qué? —Sonrió arisco, un gesto muy característico en él—. ¿Ya te has enterado de que han soltado a nuestro expresidente? Como decía mi abuela: «Qué poco dura la esperanza en la casa del pobre».

—Lo escuché esta mañana en la radio. ¿Qué esperabas, que lo mantuvieran en la cárcel hasta que se celebrase el juicio? Vamos, Lola, pareces nueva. No hay nada como tener contactos en el partido en el poder. Y encima, el tío sale de la cárcel echándole un pulso al juez y amenazando con llevarlo a los tribunales por prevaricación y daños irreparables contra su honor. Hay que tener poca vergüenza. ¡Qué asco de país!

—Esto no tiene arreglo, José. Él se irá de rositas y los que pagaremos la quiebra del banco seremos nosotros. Ya nos adelantó algo el director de recursos humanos en la reunión del otro día, a la que, por cierto, no fuiste. —Le dirigí una mirada desaprobadora—. Corren malos tiempos, jefe, y ahora no conviene señalarse.

—Que me echen si se atreven. A ver quién les facilita a los auditores toda la documentación que nos están pidiendo los que nos han prestado tantos miles de millones para que la entidad se mantenga a flote y no arrastre en su hundimiento al país.

Su teléfono comenzó a sonar. Al ver que era Alejandro, nuestro director de división, un pijo integral que se había ganado a pulso la fama de trepa y déspota, me hizo un gesto de disculpa y descolgó el auricular. Aproveché la interrupción para ojear el diario. Leí los titulares de las noticias nacionales y pasé de largo las páginas de sucesos. Nunca las leía; me aburrían muchísimo las noticias de vandalismo, hurtos y peleas varias que llenaban diariamente esta sección. Pero algo me hizo volver a la página anterior. Ojeé de arriba abajo los titulares y allí estaba: una noticia corta, apenas veinte líneas, se clavó en mis ojos como un punzón. La leí susurrando, a trompicones y casi sin aliento: Un desahuciado se mata desesperado por las deudas. Samuel Gomáriz se quitó la vida tras recibir la orden de desahucio de su vivienda. El hombre de 34 años, casado y con una hija de 8 años, fue encontrado muerto sobre un charco de sangre en medio de la calle de un barrio de clase trabajadora. Gomáriz, obrero en paro, había llevado a la niña al colegio y, al regresar a casa, aprovechando que su esposa, también sin trabajo, había salido, se arrojó al vacío desde la cuarta planta del inmueble donde residía. Algunos vecinos afirmaban que llevaba en la mano el aviso del desahucio.

Las letras se desvanecieron ante mí. La bilis me subió a la garganta y comencé a dar arcadas. Incapaz de controlarlas, salí corriendo del despacho. Alcancé la puerta del servicio segundos antes de que me sobreviniera el vómito. Entré y me arrodillé violentamente junto al váter. En su impacto contra el suelo, mis rótulas sonaron metálicas. Agarrada a la taza del inodoro, arrojé cuanto tenía en el estómago, que no era mucho porque llevaba ya varios días comiendo casi lo justo para sobrevivir.

En un segundo saltaron sobre mí todos los fantasmas que, desde hacía meses, me acechaban detrás de la puerta. Una puerta que mantenía trancada para evitar que su incómoda presencia me impidieran desempeñar mi labor profesional. Comencé a llorar violentamente. Lloraba por Samuel. Lloraba por Ernesto. Lloraba por mi falta de coraje para arrojar a la impostora que me habitaba desde hacía años y que, sin el concurso de mi voluntad, había conducido mi vida hasta ese justo momento en el que todo estalló.

Cuando el vómito cesó, me senté en el suelo y apoyé la espalda contra la pared. La frialdad de los azulejos me proporcionó cierto bienestar. Fijé mi mirada en los rectángulos esmerilados de la ventana a través de los cuales se filtraba la tenue luz de la mañana, una luz que, de repente, parecía haberse extinguido. Me sentía exhausta, como si me hubieran dado una paliza. Solo quería morirme. Permanecí un rato en silencio con los ojos cerrados. Unos golpes en la puerta, seguidos de los gritos de mi jefe, me sobresaltaron.

—Lola, ¿estás bien? ¿Necesitas ayuda? Abre, por favor. Déjame entrar.

—Estoy bien —mentí—. Dame un momento. Solo un momento.

Me incorporé y tiré de la cisterna con la esperanza de que el agua arrastrara el vómito y la causa que lo había provocado. Coloqué mis manos bajo el grifo y me las restregué con fuerza. El olor a podrido continuaba inalterable en mi piel. Me miré al espejo. El rímel corrido por las mejillas daba a mi rostro un aire fantasmagórico. Me limpié con un trozo de papel higiénico y salí del baño. Fuera, me esperaba José María. Estaba pálido. Al percatarse de mi temblor, se apresuró a quitarse la chaqueta y me la echó por los hombros, mientras me conducía a su despacho. Un par de compañeros, alertados por el alboroto, se acercaron a nosotros. Mi jefe, haciendo gala de su peor humor, los echó sin contemplaciones. Ya en el despacho, me desplomé sobre el sofá.

—Somos unos hijos de puta. Somos insaciables —gritaba conmocionada, mientras golpeaba con las dos manos el reposabrazos del sofá—. Ese hombre tenía una hija y se ha tirado por la ventana. Lo he empujado yo al vacío, José. Yo firmé ese expediente, yo, yo —repetía una y otra vez.

—No digas tonterías, Lola. Cálmate, estás fuera de ti. Tú no eres responsable de su muerte; no lo eres, y yo, tampoco. Quítate esa idea absurda de la cabeza. Los responsables son los que nos han llevado a esta situación. ¿Qué podemos hacer nosotros? Dime, ¿qué? —Se inclinó hacia adelante hasta casi rozar mi cara. Su voz retumbaba en mis oídos como un trueno en medio de un descampado—. Solo hacemos nuestro trabajo. Nada más. Si no lo hiciéramos, este país se iría a pique.

—Es preferible que se hundan ellos, ¿verdad?

—Nosotros no hacemos las leyes. Nos limitamos a hacerlas cumplir. Alguien tiene que hacerlo. Hacemos lo que podemos. Solo eso, lo que podemos.

—Les arrebatamos la esperanza, los embargamos para toda la vida, dejamos a sus hijos en la calle a merced de la caridad, los matamos en vida hasta que deciden matarse del todo…

—¡Joder, ya vale! No me seas trágica. —Me cortó en seco con esa autoridad marcial que utiliza cuando quiere zanjar un tema sin dar al otro oportunidad de réplica—. Nadie le obligó a hipotecarse. Nadie, ¿me oyes? ¿Y ahora somos nosotros los malvados por quitarles unas casas que no pagan? ¡Venga ya! Ni tú ni yo, a pesar de ganar un buen sueldo, nos hemos dejado arrastrar por la alegría consumista en la que se ha vivido durante las últimas décadas. En este país, todos, desde el albañil al ministro, han vivido por encima de sus posibilidades, pero nadie se preguntaba qué pasaría cuando este espejismo se acabara. Seguíamos haciendo girar la rueda hasta que se le ha saltado el eje, y ahora viene el desastre. Ni Samuel ni otros miles como él se plantearon qué sería de ellos cuando dejaran de ganar tres mil euros mensuales poniendo ladrillos. Se los gastaban tal como lo ganaban. Se compraban todoterrenos, pisos grandes, muebles ostentosos, pantallas de plasma… Viajaban a Eurodisney como si fueran a las Canteras de Puerto Real. No somos culpables de su muerte. ¡No lo somos! —gritó, agarrándome de las manos con las que yo trataba de seguir tapándome los oídos.

—No todos se embarcaron en historias insostenibles. La mayoría solo aspiraba a tener una casa acorde con sus posibilidades. Y las pagaban religiosamente mientras tuvieron trabajo. Esos también se han quedado en la calle. No, no se han quedado en la calle, los hemos arrojado nosotros a ella: familias con niños, pobres ancianos que pierden sus casas, después de toda la vida pagándolas, por haber avalado a sus hijos… Estoy asqueada de todo esto, José; no puedo más, no puedo más.

—Por favor, cálmate. Vete a casa, tómate un tranquilizante y échate a dormir. Mañana lo verás todo distinto, estoy seguro. Llamo a Ernesto para que te venga a recoger.

—No, no lo llames, por favor. Me voy sola.

—Tú no estás en condiciones de conducir. Voy a llamar a Ernesto, quieras o no. —Cogió el teléfono y comenzó a teclear su número.

—No lo hagas, por favor… —titubeé antes de seguir—. Ernesto y yo ya no estamos juntos.

—Niña, ¿qué ha pasado? Ya te notaba muy rara estos días. Ahora entiendo tu reacción. Eso era lo que te ocurría.

—Eso también me ocurría; no minimices lo de Samuel —repliqué.

—¿Cuánto hace que lo habéis dejado?

—Unas tres semanas. No, hace ya casi un mes. Fue más o menos a principios de noviembre. —Traté de datar el naufragio con exactitud.

—Coge tu abrigo, que te llevo a casa y me lo cuentas por el camino.

Recostada en el asiento delantero del coche, algo más calmada, lloraba bajito. Mientras tanto, José María trataba de sonsacarme la razón de la ruptura.

—¿Ha añadido alguna cosa más a la lista de estupideces relacionadas con Pili?

—No, lo de siempre, más de lo mismo —le respondí entre hipidos, y no le mentí: el último incidente que provocó la pelea que puso fin a nuestra relación solo nos competía a los dos.

—Ese chico es que no termina de enterarse del pedazo de mujer que tiene a su lado. Yo creo que tiene el síndrome de Estocolmo con su ex, pero ya verás como todo se arregla. —Buscó una caja de Kleenex en la guantera del coche y me la ofreció—. Ya lo conoces, es una persona excelente, pero no sabe manejar la culpa. Te lo dije el primer día que me hablaste de lo vuestro. Te dije que ibas a sufrir, que no estaba seguro de que él pudiera soportar la presión de Pilar y, sobre todo, la de su hija, pero sabes que te quiere.

—Preferiría que me quisiera menos y disfrutara más de nuestra relación.

—De veras que lo siento, hija. Y, como no tenías bastante con lo de Ernesto, va y al hijo de puta ese le da por suicidarse…

—Eres un monstruo, José, no te reconozco. —Giré mi rostro hacia él con una expresión de espanto—. ¿No sientes compasión por ese pobre hombre? Si a mí me hubieran dejado en la calle, yo habría hecho lo mismo que él, aunque, antes de matarme, me hubiera llevado por delante a unos cuantos.

—Vale, lo siento, perdóname. Yo también estoy nervioso. Esta noticia es una tragedia, tienes razón. —Sus disculpas sonaban sinceras—. Pero, por favor, no sigas torturándote de ese modo. Yo entiendo que el incidente te haya afectado; te conozco bien, sé lo mucho que te implicas con los clientes, pero, aun siendo muy duro lo que le ha pasado a ese hombre, no hay justificación para quitarse la vida. No podemos responsabilizarnos de los desequilibrios mentales de la gente. Miles de personas pierden sus casas cada día y, a pesar de ello, siguen echándole valor a la existencia. Ahora vas a hacer una cosa: te vas a la mutua, pides la baja y te quedas tranquila en casa unos días. —Ante mi negativa, se apresuró a buscar otra opción—. Bueno, pues si no quieres darte de baja, te coges los días de vacaciones que te quedan y te vas con tu familia a pasar la Navidad. Y si después sigues mal, entonces te pides la baja o solicitas días del año próximo, pero ni se te ocurra venir hasta después de Reyes a trabajar. ¿Me has oído? ¿Tienes alguien que se quede contigo?

—Sí, no te preocupes, llamaré a una amiga.

Le mentí para que me dejara en paz: en realidad, no tenía intención de llamar a nadie. Desde que era una niña, he preferido rumiar las penas a solas.

A pesar de su insistencia por acompañarme, conseguí que me dejase en el portal. Subí las escaleras dando traspiés, abrí la puerta temblando y arrojé el bolso en el recibidor. La existencia se desplomó sobre mí. Los rayos de sol, que entraban por el balcón del salón, se clavaron en mis pupilas. Bajé las persianas y me tiré en el sofá. En la oscuridad, me sentí tan patética como una muñeca de trapo a la que se le hubiera salido el relleno por la barriga. Solo me apetecía hundirme en la cama, echarme a dormir y despertar mucho tiempo después, el suficiente para poder pronunciar los nombres de Ernesto y de Samuel sin sentir que el corazón se me deshacía a cachitos.