Y sin saberlo, en esa hora furtiva en la que la oscuridad es ya irreversible, un hombre y una mujer, no importa sus nombres, ella, él, simplemente ellos, abrieron un frasco de gozo. Al instante, el pequeño espacio que habitaban, apenas cuatro metros cuadrados con una cama como campo de batalla y dos cuerpos como armas de construcción masiva, se inundó de un delirante aroma a deseo. Y ya todo fue rodando…
«Yo no quería abrir este frasco», fue lo último que se dijo ella momentos antes de convertirse en un pulsar girando vertiginosamente y atrapando en su irrefrenable movimiento pasado, presente y futuro; plenitud y contrición; vida y muerte; alegría y llanto…
«Yo no podía abrir este frasco», se dijo él poco antes de embriagarse de ese cuerpo rumboso, principio y final de todo, que se derretía entre sus manos urgentes.
En la penumbra de ese espacio infinito y profundo como la eternidad, se palparon con unas ansias perentorias; se mordieron con una fruición salvaje y casi virginal. Con los ojos cerrados y las manos abiertas, se exploraron con precisión de cirujano, las ganas extendiéndose por las sábanas.
Urgidos por un anhelo primitivo e insaciable, sus sexos se encontraron y el universo estalló en trillones de galaxias empapadas de gotas de sudor, capaces de albergar la vida.
Y a pesar de que esa noche, ella, él, simplemente ellos, no querían destapar ese pequeño frasco de gozo, el deseo pudo más. Juntos rodaron hasta más allá del único lugar donde no existe la muerte, ese donde los gemidos se convierte en luceros capaces de alumbrar a las almas perdidas. Ella, en su cuerpo. Él, en el de ella.