‘Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere bajo del cielo tiene su hora’, reza el Eclesiastés. Y yo lo creo firmemente.

Hace meses comencé a sentir un deseo creciente de volver a tener una gata en casa. Era un runrun, algo que me llamaba, pero también me frenaba. Un no querer queriendo… Hacía más de cinco años que Wini había muerto y, desde entonces, me había negado a buscar una nueva mascota, pero ya iba siendo hora, me estaba empezando a decir el corazón. «Cuando sea el momento, ella te buscará —me aconsejó mi amiga Isabel, una apasionada de los gatos, cuando se lo conté—. Déjalo estar. Wini apareció en su momento y así aparecerá la que tenga que ser en esta ocasión». «Déjate de esoteradas» le contesté con sorna, como suelo hacer cuando me habla de esas cosas raras de las energías, los seres de luz y las sincronicidades en las que yo no quiero creer, no por nada, sino porque con mi carácter controlador me asusta todo lo incontrolable.

Y la tarde de fin de año, fue el momento. Llegó la que tenía que llegar, bueno, las que tenían que llegar y, además, envueltas en un halo de misterio que aún me tiene  desconcertada. Esa tarde, como digo, mi marido y mi hija aparecieron con Lola y Sara.

Quienes hayan leído ‘Viaje al centro de mis mujeres’ pensarán que las hemos llamado igual que a las protagonistas de mi novela. Pero lo sorprendente es que no hemos sido nosotros quienes les hemos puesto esos nombres, sino Silvia, el alma caritativa que las acogió cuando, a los pocos días de nacer, unos desalmados las abandonaron en pleno mes de Agosto en medio de un descampado, y entre tanto aparecían unos padres adoptivos. Cuando mi marido, consciente de mi deseo, llamó a la protectora de animales con la que Silvia colaboraba, le invitaron a conocer a Sara, «una gata que está acostumbrada a convivir con perros», requisito que Juan puso para quedarnos con cualquier minino ya que nuestros dos hijos tienen mascota y los traen a casa a menudo. En principio, su intención fue quedarse solo con Sara, por aquello de que con su pelo negro y blanco y su mancha oscura en el hocico, se parecía mucho a mi querida Wini.

—¡Qué casualidad!, se llama como la protagonista de la novela que ha escrito mi mujer. Solo faltaba que la otra se llamara Lola —le comenta Juan a Miry, la voluntaria que lo atendía que, lógicamente, intentaba convencerlo para que se llevase a las dos.

—Es que se llama Lola —le responde ella.

—¡Venga ya! No me des coba, si la has llamado Fani hace un momento. No sabes cómo hacer para que me las lleve juntas —bromea.

—Se llamaba Lola, te lo juro;  lo que ocurre es que cuando llegaron al refugio ya había otra gata que se llamaba así por lo que le cambiamos el nombre. Y puedo demostrártelo.

—Por favor, hazlo. No quiero dudar de ti, pero es tanta casualidad que me resulta increíble.

Y Miry va por su móvil, entra en el Facebook de Silvia y ¡voilá! allí está el mensaje fechado el diez de agosto: «Lola y Sara, mis nuevas babys gatunas». Juan, aún noqueado, vuelve a leerlo.

—Pone Lola y Sara, ¿verdad? —Miry asiente con la cabeza—. Anda relléname la cartilla que me llevo a las dos. Y envíame esa foto al móvil para demostrarle a mi mujer que la increíble historia que le voy a contar es cierta.

Pero la casualidad no se queda solo en los nombres, sino que, como le contó Miry a mi marido, tienen el mismo carácter que mis protagonistas: Lola, aunque es la más cariñosa de las dos, es más miedosa, más cautelosa. Es la primera que se escondió debajo de la cama al llegar a casa. En cambio, Sara, que es muy curiosa, atrevida e independiente, nada más llegar, comenzó a inspeccionar el terreno. Ahora mismo se ha subido a la penúltima balda de la librería y desde allí me observa teclear. Igual, hasta sabe que estoy escribiendo sobre nuestro increíble encuentro.

Y aquí están, cuarenta y ocho horas después de llegar a casa, paseándose por sus rincones, olfateándolo todo, subiéndose a los muebles, escondiéndose detras el sofá del salón cuando necesitan sentirse seguras, comiendo con un ojo puesto en su espalda por si tienen que salir escopetadas, conociéndonos… Han tomado el sillón de Juan. Y por aquello de congraciarnos con nuestras nuevas inquilinas, las estamos dejando. Ya habrá tiempo de ponerle normas, o una funda al sillón…

Llámenlo como quieran: milagro, casualidad, energías circulando por este inmenso universo, sincronicidades, lo que quieran, pero… da que pensar, y mucho, ¿no creen?