Soy feminista porque no puedo ser otra cosa: soy mujer. Y como tal, en pleno siglo XXI, igual que la aplastante mayoría de mis congéneres, soy juzgada antes por mi género que por mi talento. Parafraseando a mi amiga, la gran actriz Ana López Segovia: mientras que un hombre solo tiene que demostrar que es muy bueno, la mujer, en general, tiene que alcanzar la excelencia, tiene que ser tan rematada e incontestablemente brillante que no haya manera de obviarla.

Negar la desigualdad de género y los obstáculos que seguimos encontrando las mujeres hoy día es una trampa del machismo. La idea de que ya hemos llegado nos impide ver la cruda realidad: llegar nos cuesta el doble para ser reconocidas la mitad. Y cuesta tanto porque hacer lo mismo que un hombre no está exento de crítica social, prejuicios, obstáculos, reproches y miedos.

Otro trampa bastante empleada para desacreditar la lucha feminista es la de las llamadas ‘mujeres pelota’. Según Simone de Beauvoir, este tipo de mujeres son las que triunfan con grandes dificultades y luego se prestan a ser utilizadas por esa misma sociedad para perpetuar la discriminación. Su imagen es rebotada contra las demás para reforzar un mensaje: ella ha triunfado porque vale. Si vosotras no lo conseguís, no es por impedimentos sexistas, sino porque no valéis lo suficiente.

Es cierto que hemos avanzado, qué duda cabe, pero nuestra cultura rezuma machismo por cada poro de la sociedad. Un machismo que no se borra por decreto ley, aunque las leyes ayudan a mantenerlo o superarlo, ni en dos ni tres generaciones. Podemos ser madres, directivas, ministras o aspirantes a la Casa Blanca, pero, siempre estamos condicionadas por la exigencia, propia y ajena, de hacerlo todo excelentemente bien. Es como si nos dijeran: «Tenéis un contrato de prueba; o lo hacéis de diez o pasa el turno a la siguiente aspirante».

Y por si nos quedan dudas de lo dicho, este dato las despeja: según el estudio sobre “Paridad y consolidación del poder de las mujeres” realizado por Alicia Miyares, el 60 % de las diputadas sólo permanecen una legislatura y, de hecho, solo tres mujeres: Ana Balletbó y Carmen del Campo del PSOE y Celia Villalobos del PP han permanecido seis legislaturas en el Congreso de Diputados. Esta rotación hace que las mujeres no tengan poder real. Como dice Lourdes Muñoz, del PSC: Las mujeres no estamos en los círculos de confianza donde se ejerce el poder y el motivo es básico: ellos se conocen desde hace más de muchos años, tienen un nivel de confianza que está por encima del cargo que ocupa cada uno de manera coyuntural. Y como las mujeres no estábamos allí entonces, seguimos jugando con desventaja.

Ante esta realidad, estoy convencida de que si queremos avanzar de verdad en igualdad, debemos redefinir las relaciones de poder. Porque si mayoritariamente siguen mandando hombres, el patrón por el que seguirá rigiéndose la sociedad será masculino. Si siembras papas, no puedes recoger judías. Es de cajón. Pero mientras no haya una masa crítica de mujeres que empujen el cambio, las cosas no cambiarán. Y en esta lucha, de momento, no podemos apoyarnos en la mayoría de los hombres, porque como dice, valientemente, el antropólogo Ritxar Bacete: A los hombres no nos interesa la igualdad. Por muy majo que seas, prefieres tener ventajas.

Y para redefinir las relaciones de poder, o las mujeres nos apoyamos unas a otras o nos va a seguir costando el doble conseguir la mitad. Por ello, creo que debemos tomarnos muy en serio el concepto de sororidad acuñado por Marcela Lagarde. Sororidad como conciencia común o pacto entre mujeres para modificar las relaciones de poder. Sororidad para apoyarnos, para tejer redes —las mujeres siempre hemos sido magníficas tejedoras de redes—. Redes que protejan y amortigüen las caídas para así sentirnos más libres y menos atemorizadas a la hora de liderar como mujeres, con nuestros valores y principios, y sin ceder a la presión social que nos empuja a imitar a los hombres como medio de sobrevivir en el mundo laboral y público que nos sigue tratando con rechazo o paternalismo. Solo así conseguiremos convertir los ‘contratos de prueba’ en ‘indefinidos’. Solo así podremos permanecer cómodamente en el lugar al que, con tanto esfuerzo, estamos llegando. Por nosotras, por nuestras hijas, por nuestras nietas. Porque es de justicia y muy beneficioso para el conjunto de la sociedad.

Somos la mitad. Ganemos nuestra mitad. Juntas. Y si nuestros pares masculinos quieren sumarse, bienvenidos sean, pero mientras no griten con nosotras en la calle, mientras no luchen a nuestro lado para conseguir un pacto de estado contra la violencia de género, mientras no se rebelen con nosotras en el mundo laboral exigiendo que no nos pregunten si vamos a ser madres o pagándonos menos por ser mujeres, mientras no asuman su responsabilidad doméstica al mismo nivel que nosotras o se nieguen a seguir compartiendo mensajes que cosifican a la mujer —¿habéis hecho la prueba de ponerle la cara de vuestras hijas, vuestras madres, vuestras esposas a esas cuyas tetas, culos y coños os pasáis por wasap tan tranquilamente?—, mientras no hagan eso porque no les duele en primera persona, yo seguiré tratando de subir a este carro a las mujeres. No se consideren excluidos, inclúyanse ustedes mismos, pero con hechos, no solo con buenas intenciones.

Llámenme ilusa, pero, frente a la involución social a la que estamos asistiendo, creo que está emergiendo una revolución que tiene nombre de mujer. ¿Nuestros nombres?

Alicia Domínguez @Lawolemba