HIROSHIMASiete décadas después resuenan sus gritos.
No tienen boca, pero gritan.
No tienen ojos, pero ven.
No tienen oídos, pero oyen.
Sus sombras atraviesan el tiempo…

Murieron en Hiroshima y Nagasaki.
Vuelven a morir en Siria, en Ucrania,
o en el Estrecho de Gibraltar,
tratando de alcanzar un sueño, muerto
casi al instante de ser concebido.

O en Gaza, tratando de parar un tanque
con una piedra y la fuerza colosal de la fe.
O a manos de hombres que las cree suyas.
O víctimas del hambre y la enfermedad
que asola el extrarradio de los paraísos fiscales.

Son eternos, son los de siempre.
Y sólo el recuerdo terco
de los que luchan contra la calma infame
de un futuro sin esperanza, hoy los evoca.

Esos que, desafiando a los canallas
e ignorando a los derrotistas,
se levantan a diario y,
con el fuego intacto en las entrañas,
salen a abrillantar el cielo,
a encender las estrellas,
a recomponer huesos rotos,
a vaciar las fosas de olvido,
a dar de comer al hambriento
y de beber al sediento,
a zarandear conciencias…

Siete décadas después,
las voces de millones de sombras
nos ordenan no olvidar
la muerte inmensa
de los que no descansan.