«Durante algún tiempo, el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscuridad. La pluma tiembla entre mis dedos cada vez que el ariete embiste contra la puerta. Un sólido portón de metal y madera que no tardará en hacerse trizas. Pesado y sudados hombres se amontonan en la entrada. Vienen a por nosotros. Las Buenas Mujeres rezan…. Levanto la cabeza esperando un envite que no llega. El ariete ha parado. ¿Acaso han logrado acceder al castillo los cruzados? Me creía preparada para este momento, pero no lo estoy: la sangre se me esconde en las venas más hondas. Palidezco, toda yo entumecida por los fríos del miedo».

Así describe Rosa Montero en su libro ‘Historia del Rey Transparente’, la caída del castillo de Montsegur, donde unos cuántos cátaros resistieron el asedio del catolicismo rampante en el siglo XIII. Leyendo esto me pregunto: ¿qué ha cambiado desde entonces? Nada. Seguimos matándonos invocando ideologías, religiones o creencias. Los poderosos siguen manejándonos a su antojo. Sus intereses estratégicos determinan quiénes debemos vivir y quiénes debemos morir, cuándo y cómo. Ahora les está tocando a los habitantes de Alepo. Los masacrarán, ellos lo saben, lo esperan, su sangre lo siente; nos olvidaremos de ellos, algún libro de historia los recordará como héroes o como criminales, según lo edite uno u otro bando. Y todo seguirá. El mundo seguirá. Cada vez más descreído, cada vez más cruel, cada vez más desesperanzado y más ajeno a los valores humanos, pero seguirá, en la Tierra o en la Luna si, al final, conseguimos destruirla como parece que nos hemos propuesto. Nos refugiaremos en el consumismo; nos parapetaremos tras fronteras; huiremos de pensar; abrazaremos principios posibilistas que justifiquen nuestro egoísmo —no hay para todos; ellos se lo han buscado; si ellos ganan, vendrán a por nosotros—; cederemos nuestra libertad al sistema en aras de la seguridad; rezaremos para no ser los próximos, para que la siguiente vez esos poderosos no nos elijan como víctimas que el sistema, su sistema, exige sacrificar. Y este maestro del Alepo, sus lágrimas, su suspiro, su grito de auxilio se perderá en las redes, por muy viral que resulte este vídeo, por mucho que nos emocione cuando lo veamos. A algunos, la vergüenza nos gangrenará el alma, pero seguiremos, sí, ¡qué duda cabe! Aquí o en la Luna, muriendo y matando en una infinita agonía macerada en el odio que nos inoculan los que nos usan para sus fines.

Ante atrocidades como estas, siento náuseas de ser humana.

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