Me sorprendió la facilidad con la que permití que la rebelde tomara el mando. Y, sin pensarlo, la dejé hacer. Al contacto con el suyo, mi cuerpo comenzó a borbollar, como la bomba de sales que echaba en la bañera en la que me sumergía durante largos minutos los domingos por la tarde para mitigar la depresión pre-lunes que venía experimentando en los últimos tiempos. Abrí las compuertas de par en par. Mis ganas se esparcieron por toda la estancia, rebotando en las paredes y volviendo a mí multiplicadas. Mi lengua buscó la suya, poseída por unas ganas que me parecieron muy antiguas y, sin embargo, vírgenes. Nos faltaron manos para abarcarnos y piel para rozarnos.

Acabamos tendidos sobre la alfombra del salón, buscándonos con furia y encontrándonos con gozo. Mientras me susurraba palabras, que me parecieron muy hermosas y muy disparatadas, me fue despojando de las ropas con una cadencia suave y rítmica que contribuyó a aumentar mi ardor. Pensé que mi corazón estallaría si no lograba controlar sus palpitaciones. Con el jersey, las bragas y el sujetador, volaron también todos los consejos y temores acumulados en años de convivir con una familia para la que todo lo relacionado con el sexo siempre había sido tabú y en la que la culpa ante el placer se mamaba con los primeros calostros. Inexplicablemente, me sentí libre para revelar la excitación animal que me devoraba; esa que jamás me había dado permiso a mostrar con ninguno de mis amantes por temor a parecer una desvergonzada. A la luz de su mirada, que me hacía crujir de placer los huesos, mi gozo brillaba sin culpa ni interrogantes.

Extracto de ‘Viaje al centro de mis mujeres’ en amazon.es/dp/B018CGSR26