Leí el Quijote (sí, lo leí, palabrita) en la adolescencia; en esa época en la que leer se convirtió en un refugio siempre abierto donde resguardarse del bombardeo de las hormonas descontroladas, de la incomprensión de una madre para la que yo era una especie de jeroglífico imposible de descifrar, de los desengaños amorosos -ser la gordita simpática y lista no molaba nada, nada…-, de la insoportable sensación de desconexión con el mundo que me rodeaba…
Tardé mucho en leerlo, confieso que a veces se me hizo inmanejable, pero cuando lo terminé sentí que ese ingenioso hidalgo, su práctico escudero Sancho o la libre y avanzada pastora Marcela habían modificado, de algún modo, mi percepción de la existencia. Entonces no supe definirlo. Ahora sí: su idea de justicia, su obligación moral de enfrentarse a gigantes, aun con la certeza de que en el lance vas a salir descalabrado, su necesidad de salvar Dulcineas, conformaron parte del ideario moral por el que trato de guiar hoy mi existencia.
No había caído en esto hasta ayer que recibí esta imagen.
Sin duda, leer transforma. Siempre. Por eso los poderosos nos quieren incultos y aborregados.
No les demos el gusto. Leamos. Pensemos. Discutamos. Cambiemos el mundo. Con un libro es más fácil. Feliz Día del Libro.