Acabo de recoger el vestido que me he comprado para la boda. Es muy sencillo: azul con topitos blancos, cuello barco y mangas japonesas. Pero sencillo no quiere decir barato. Cuesta treinta mil pesetas, aunque no me importa. Es la única concesión que voy a hacer al ritual del casamiento. No le hemos dicho a nadie que nos casamos, exceptuando a los compañeros de oficina, por aquello de pedir el permiso de boda. Para nosotros, casarnos carece de importancia; es solo un acto legal, lo importante fue irnos a vivir juntos. Sin embargo, fue una de las primeras cosas que le dije a mi madre la noche antes de que muriese: «me voy a casar con Juanma dentro de una semana. Te lo digo porque sé que te alegrará saberlo». Aunque ella ya no podía escucharme, las últimas hebras que la mantenían unida a la vida se soltarían horas después, no quería que se marchara sin darle esa insignificante satisfacción: su hija pródiga, la que se fue a vivir ‘en pecado’ con un hombre casado, al final, tendría un libro de familia, como la gente de bien, como los ‘normales’. No había nada que deseara más en el mundo que ser reconocida y aceptada por ella. ¡Qué asfixiantes pueden resultar las expectativas que los padres depositan en sus hijos!

La ceremonia ha durado menos de un minuto. Casi no nos ha dado tiempo de colocarnos en la sala. La escena ha sido digna de película de Almodóvar: Juanma vestido con vaqueros y yo con mi sencillo traje azul. Con los nervios, me he situado al lado de Adriano, el abogado que remató el complicado divorcio de Juanma, que, a fuerza de compartir disgustos, ya se ha convertido en amigo. Como era el único enchaquetado, el conserje, confundiéndolo con el novio, le indicó que se colocase en el centro. Al percatarse del error, Juanma ocupa su lugar. A mi lado, nuestro amigo Manolo, —habrían de pasar aún unos cuantos años para comprobar que la amistad no siempre viene con un seguro contra el desgaste de la vida—, ataviado también con vaqueros y unas chanclas, carraspea nervioso. Detrás de nosotros está Javi. Con sus pantalones negros raídos, cadena al cinto, camiseta negra y descolorida de Metálica y melena estilo black power, parece que va a interpretar un solo de guitarra eléctrica. A su lado, Rocío, que al final ha venido con una camiseta amarilla tan corta que le deja la barriga al aire y un pantalón rojo de campana deshilachado. El juez contempla la escena un poco desconcertado. Acostumbrado a las tartas de merengue que suelen ponérsele delante, debemos parecerle una pandilla de antisistemas.
Mientras el juez nos pregunta si consentimos en casarnos, «me ha preguntado si consiento, ¿verdad?».«Qué sí, Juanma, que te ha preguntado eso». «Qué fórmula más horrorosa para contraer matrimonio, ¿no?». «En la otra te preguntaron si querías a la novia por los siglos de los siglos y mira cómo resultó». «Pues tienes razón…», no puedo evitar acordarme de la escena kafkiana de anoche:

– Niños, tenemos que deciros algo.
– Yo también tengo que deciros una cosa —interrumpe Javi. Le echo una mirada asesina y se calla. Juanma continúa.
– Nos casamos mañana.
– ¿Mañana? Pues yo tengo un partido de fútbol —La madre que lo parió, pienso. Pero, no contento con ello, en su bendita adolescencia, le da una nueva vuelta de tuerca a la situación—. Lo que quería deciros es que me voy a hacer un pearcing.
– Tú te vas a hacer una mierda, —le grita Juanma.
– Pues yo no me he traído ropa. Traigo un vestido de playa y lo que llevo puesto —interviene Rocío. Yo no voy a ir así.
– Niña, calla, que vas a cabrear a papá.
– Cállate tú, que eres quien siempre cabrea a papá. Y vosotros podíais haber dicho antes lo de la boda.
– No lo hemos dicho porque, para nosotros, lo de casarnos era un trámite, pero, de todos modos, queremos compartirlo con vosotros —respondo, tratando de quitar hierro al asunto.
– Ojú, pues qué rollo, que yo tengo un partido, —insiste Javi.
– Y yo no tengo nada que ponerme.
– Pues aunque tú tengas un partido y tú vayas en pelotas, vais a venir mañana sí o sí —ordena Juanma encolerizado.

«Definitivamente, va a tener hijos un guardia», me digo.

Fragmento incluido en el libro colectivo de relatos autobiográfico  ‘Las Puertas de la Memoria’ coordinado por María Alcantarilla (UCA)