Este libro de poemas de Juan José Sánchez Sandoval se lee como se bebe una jarra de cerveza en un mediodía de agosto: de un trago, con la única intención de saciar una sed antigua y apremiante.

No sabía qué me iba a encontrar cuando abrí su primera página hace un par de noches poco antes de dormir. Su sinopsis hablaba de una ‘obra moralizante que atenta contra lo categórico, que nos pone en guardia contra la tentación de creerse en posesión de la verdad’. Ambiciosa intención, pensé, pero viniendo de Juan José, al que conozco un poco desde hace años, no me pareció empresa descabellada.

Terminada su lectura discrepo con lo de moralizante. Moralizar es dar consejos morales y hacer reflexiones en defensa de la moral establecida. Y nada más lejos de lo que yo he sentido leyendo sus versos: “Sin móvil/ Tumbado con mi mejor traje/ liberado de la angustia del futuro/ liberado de la culpa por el pasado/ Habitando un presente infinito”. ¿Qué moral le cantaría a esa libertad? ¿Qué norma al uso aprobaría esto? “Mi auténtica vocación/ no es la búsqueda de la paz/ en el hogar doméstico,/ sino en lavabos/ de cercos negros/ de las pensiones cercanas/ a los puertos,/ (…)/ Paz mercenaria de gusto a polvo y silencio,/ paz áspera que me devuelve a mí mismo”.

Este poemario, breve, como las buenas cosas, las que se añoran incluso antes de que concluyan, me ha traído recuerdos de un tiempo virgen de ambiciones, repleto de verdades incómodas que entonces no solo no incomodaban, sino que impulsaban a creer y a crecer. También me ha recordado que para sobrevivir en este mundo hay que echar mano de la ironía, de cierto inocente cinismo que no hace daño, de muchos ‘Refranes para un tiempo de crisis’ y de la risa, sobre todo de la risa, bien cada vez más escaso en este mundo grave y urgente.

Últimamente, pocos libros de poesía me llegaban, seguramente porque me estoy ‘aberzando’: cada vez entiendo menos el minimalismo que obliga a estrujarse la cabeza, a resolver jeroglíficos. Yo quiero leer poesía para reflexionar, para evocar paraísos interiores o exteriores no habitados y sí anhelados, para trascender una realidad y alcanzar otra… Por eso ‘Malas artes’ me ha llegado. Y mucho. Porque es sencillo, natural, en absoluto presuntuoso, “¡Tantos libros de poemas/ y yo contribuir a este escarnio!”, pero tremendamente útil. Es de esos libros que deben dejarse en la mesilla de noche como botiquín de auxilio para las heridas que la canalla realidad provoca a diario y releerlo con gusto y saborearlo con tiempo. Viento fresco, cerveza fría en un mediodía de agosto…