memoria y caos1x2La vi y la madrugadora alegría con la que desperté esa mañana, salió huyendo por la ventana. Su imagen era la pura expresión del abandono y el desconcierto. Su fotografía circulaba por Facebook con este mensaje: ‘Se encontró esta señora por San Mateo. No recuerda nada. Por favor, compartir’. Se me desintegró el alma.

Sus ojos tristes y extraviados miraban con ternura a la cámara del buen samaritano que trataba de ayudarla a encontrar a alguien que la reconociera y la llevara a casa de vuelta a casa. Una casa llena de vivencias que se le irán escapando de manera irremediable conforme pasen los meses, si no se le han escapado ya.

El desvalimiento de esa anciana, que tal vez en otro tiempo fue una mujer de bandera: fuerte, poderosa, audaz, valiente… me recordó a ese otro que mi abuela padeció en los últimos años de su vida: varada en la playa de la desmemoria, ausente, prisionera en el laberinto de un cerebro cansado de pensar, de preocuparse, de sufrir… extraña entre los suyos. Presa de una mente poblada de imágenes caprichosas de niños que la muerte había eternizado y de misteriosas mujeres que la invitaban a cantar y a salir volando por la ventana: déjala abierta -nos ordenaba fuera invierno o verano-, que tengo que salir…

El detalle del llavero que sostiene en su mano izquierda: un pequeño patito de peluche del que cuelgan unas llaves que, en la desorientación de su dueña, no encuentran cerradura en la que encajar, se me antoja tristísimo. Como esas llaves, ella se ha convertido en un objeto que necesita del concurso de una mano que la encaje en un lugar, su lugar, ese que ya no encuentra en el caos de una memoria de plastilina.