Lisboa es fascinante.  Te enamora o la aborreces. No hay términos medios. A mí me hechizó. Lo nuestro fue un flechazo tan intenso que me hice su amante nada más verla. Así, sin pensarlo, porque sí, -la belleza solo puede aprehenderse a golpe de instinto y con unos ojos vírgenes de prejuicios-. Hace ya más de dos décadas de eso. Desde entonces, cada año su Cristo Rey me recibe con los brazos abiertos entre el ruido atronador de las ruedas impactando contra el piso de hierro del puente Veinticinco de Abril y el silbido del viento colándose por sus cables de acero.

Vuelvo a verla y todo fluye de un modo tan natural que parece que no me hubiera ido nunca. Es mi talismán, el refugio donde cicatrizan las heridas y se mitiga el dolor de los desengaños. Esta ciudad es  como quisiera ser yo si llego a vieja: auténtica, capaz de exhibir con dignidad las cicatrices del paso del tiempo, ajada, aunque majestuosa. No sé por qué, pero me recuerda a la gente de clase alta venida a menos. «Gente de medio pelo», que decía mi abuela; la que ya no es rica, pero tampoco pobre, la que aún exhibe altanera su marchito y enigmático encanto.

Suelo definir a Lisboa como mi mejor ansiolítico. Allí todo discurre más lento: la decadencia, el andar sosegado de su gente por las aceras adoquinadas, la historia con mayúscula compuesta de millones de minúsculas historias, las penas mecidas a ritmo de fado, esa expresión del destino trágico y doliente del alma portuguesa que te agarra el corazón como un oscuro presagio de pérdida.

Desde la primera vez que pisé su suelo, quedé prendada de sus edificios de balcones herrumbrosos donde se asolean sin pudor sábanas, bragas y camisones; de las casas de comida que huelen a parrilla y vinho branco como Santo Antonio de Alfama, donde el tiempo pasa cálido y denso,  Aquí há peixe, un establecimiento donde la tradición pura y llana de la tierra te impacta el paladar o la Casa do Alentejo, un tesoro de fantasías orientales guardado como un secreto en el corazón de la ciudad; de las empinadas cuestas de Alfama, donde hasta el aire se queja por el tiempo que se escapa: “O tempo vai-se passando./ E a gente vai-se iludindo./ Ora rindo ora chorando,/ Ora chorando ora rindo./ Meu deus, como o tempo passa,/ dizemos de quando em quando./ Afinal, o tempo fica./ A gente é que vai passando…”; de su Tajo, bautizado por los fenicios como Taghi, buena pesca, que confiere al ambiente una luminosidad especial y que, a pesar de su majestuosidad, parece la mar, se rinde humildemente a los pies de quienes lo contemplan desde los miradores de Porta do Sol, Santa Lucía o Castelo de San Jorge; de sus comercios: Luvaria Ulisses, la mejor tienda de guantes de Lisboa, Silva & Feijóo, donde la infancia te espera detrás de la puerta haciéndote retroceder décadas, La casa de velas Loreto, cuya exquisita decoración es coetánea de la Revolución Francesa; todos ellos, establecimientos por los que la modernidad parece haber pasado de largo incapaz de reemplazar las viejas estanterías y los robustos mostradores de madera por los asépticos e impersonales expositores de los grandes almacenes que, como papel secante, han acabado absorbiendo la tradición en el centro de otras capitales europeas. Pero Lisboa resiste. Toda ella resiste, obstinadamente, sorda a la uniformidad que imponen los tiempos, porque su destino es resistir, a los terremotos del pasado y a los tsunamis recientes de la globalización.

Y resiste por su gente. Sobre todo por ella: por los lisboetas, gente sencilla, de andar pausado, gesto serio y maneras educadas que siguen atendiendo a la vieja usanza: «bom dia senhorita, ¿é que eu posso ajudar?; muito obrigado; ide com Deus», en cualquiera de sus emblemáticos establecimientos como La pastelaria Suiza, en cuyas mesas tiempo atrás se sentaron Orson Welles y María Callas, -los imagino saboreando dosbicas bien fuertes-; el café Versailles, donde no hay desengaño amoroso ni cuita que se resista a un buen chocolate caliente o el Nicola, llamado originariamente por su propietario, el “Botiquín de Nicola”, donde una buena taza de café es, sin duda, un magnífico primer auxilio para reponerse de una tarde agotadora de compras por la Baixa o el Chiado.

Lisboa, mi Lisboa, es un bálsamo para la tristeza. Por eso, cuando la nostalgia acecha, vuelvo a la Pastelaria de Belem a deleitarme con los deliciosos pastelillos de nata  que diariamente elaboran sus maestros pasteleros de acuerdo a la receta original de las monjas del convento de San Jerónimo. El dulce olor a nata y canela que envuelve todas y cada una de sus salas es, verdaderamente, embriagador. Olores que te devuelven a la infancia: «abuela, déjame remover las natillas, mientras me cuentas un cuento de princesas valientes que no esperan al príncipe azul para salir a buscar su destino…»

Y cuando llega la despedida, siempre hay despedida,  mis pasos me llevan a la terraza del café A Brasileira. De madrugada, cuando la luz amarillenta de las farolas de la Rua Garret tapiza las aceras y ni el leve rumor de la respiración violenta el silencio, me siento junto a Pessoa, acerco mi oreja a su boca y me dejo acariciar por sus broncíneas palabras:

“Viví como un poseso./Amé las cosas sin sentimentalismo alguno./ Nunca tuve un deseo que no pudiese realizar, porque nunca me cegué./ Aun oír nunca fue para mí sino un acompañamiento de ver./ Comprendí que las cosas son reales y todas diferentes unas de otras;/ comprendí esto con los ojos, nunca con el pensamiento”.

Así veo yo a Lisboa: con los ojos del corazón, nunca con el pensamiento. Lisboa, mi Lisboa, a minha menina, meu amor…

Artículo publicado en la Revista MYCHICPLANET – 18-8-2016 (http://bit.ly/2b1z1gU)