Frente a la Basílica de San Marcos, pensé que las emociones, como el color de ojos o la forma de la nariz, se transmiten genéticamente. Sentada bajo la arcada del Museo Correr, contemplaba abstraída la majestuosidad de ese templo bizantino. Un susurro a mi espalda me sobresaltó. Me volví, pero no vi a nadie. Un ligero escalofrío me recorrió el cuerpo. Cerré los ojos y, como por ensalmo, volviste a mí. Inexplicablemente, sentí tu aliento, tu olor y tu calor. Imaginé la turbación que debiste experimentar la primera vez que llegaste a esta ciudad, tan distinta a esa triste, sucia y pobre de la que huiste. Me estremecí al pensar en el gozo que experimentarías al verte libre de ese miedo encostrado en el tuétano de los huesos, miedo a ser denunciada por algún falangista, por un envidioso o por uno de los muchos pretendientes a los que rechazaste —tus ojos de pantera, tu melena negra cayendo en catarata sobre una espalda perfecta rematada por un culo escultural provocaban, por igual, deseo y envidia—; la infinita alegría de haber dejado atrás esa España negra y oprimida, santificada por los aliados, que temían más al Partido Comunista que a un fascismo al que podían domesticar cambiando dólares por bases militares. Sonreí con ternura, como debiste hacerlo tú, al recordar a Anselmo, el anarquista del que alguna vez me habías hablado, el que te llenó la cabeza de ideales y los armarios, de panfletos de la Junta Suprema de Unión Nacional. Era como si pudiera desdoblarme, ver a través tuya, pensar con tu cerebro, rescatar tus recuerdos, experimentar la íntima satisfacción de haber huido de una existencia condenada a introducir clavijas en una centralita telefónica, pasar llamadas, participar con desgana en las charlas de tus compañeras, estúpidas ratitas de voz chillona que solo hablaban de lo guapos que eran los ingenieros de Astilleros y de la suerte que había tenido fulanita de tal de casarse y de que la quitaran de trabajar.

Saqué del bolso la foto que llevaba conmigo desde que recuperé tus álbumes, al poco de irte para siempre. En ella, aparecías en el centro de la plaza vestida con un pantalón azul y un jersey beige y tocada con una extraña gorra de plato adornada con plumas blancas. Rodeada de palomas, se te veía feliz y libre; libre de pesar y culpa. No pude evitar apenarme al pensar que preferiste esa vida en libertad a hacerte cargo de mí, pero, en cierto modo, te comprendí. Superados ya los cincuenta, y tras una vida vivida en tercera persona por y para los otros, empiezo a conocerte, y a entender esa necesidad de ver mundo; de no volver la vista atrás; de no arrepentirte de nada; de sentir, solo sentir, sin freno, ataduras ni explicaciones. «Mira, mamá, contempla de nuevo este lugar. Estás otra vez aquí», susurré poniendo tu imagen de cara a la plaza. Las lágrimas, como un ensayo de lo que iba a pasar pocos minutos después, anegaron mis ojos.

Me coloqué las gafas de sol, no quería que me viesen llorar, y eché a andar. Me mezclé entre los turistas que abarrotaban la plaza.  Al oír unos acordes de ‘La Primavera’ de Vivaldi, me dirigí a la terraza donde unos músicos la estaban interpretando. Tras unos minutos,  mi ánimo se templó. Las luces comenzaron a encenderse y el agua del Gran Canal, a inundar el centro de la plaza. La luna, apenas una finísima línea, como una sonrisa alba y brillante, asomó tímidamente tras la Torre del Reloj, mientras las dos figuras de bronce de los Moros tocaban la campana anunciando las ocho. «Te perdono, madre, te perdono», –repetí elevando mis ojos a un cielo que empezaba a teñirse de naranjas, rojos y amarillos—. Me encaminé hacia el Gran Canal y frente a él, continué hablándote: «Perdono que, entre tu libertad y yo, eligieras tu libertad. Hay personas que nacen para ser libres, que no pueden ser otra cosa, a riesgo de enloquecer. Y tú eras de esas. Yo, recién, empiezo a serlo. A estas alturas de mi vida, acabo de nacer. Libre. En paz. Sin cuentas pendientes con el pasado. Solo mía. Guía mi camino, madre, guía mi destino hacia ese lugar donde solo importa sentir».

Un negro alto, hermoso, de dientes blancos y sonrisa ancha se me acercó y me ofreció los bolsos que cargaba en sus brazos fuertes. Rechacé la mercancía, pero acepté la sonrisa y se la devolví multiplicada. En el torpe italiano aprendido durante los meses en los que me debatía entre abandonar el nido vacío o resignarme a una triste vejez junto a un hombre al que siempre sentí ajeno, lo invité a un vermú. Me sorprendí a mí misma por el atrevimiento. «¡Ay, madre!, no corras tanto. Deja que, antes, me ponga el cinturón, que preveo que vienen curvas» —reí para mis adentros, mientras acariciaba la foto que acababa de guardar en el bolsillo de la chaqueta—. La cara de perplejidad del moreno me hizo gracia. Cuando, con un gesto afirmativo de cabeza, le confirmé que iba en serio, llamó a otro muchacho y tras decirle algo en una lengua que no entendí, le traspasó la mercancía. En un italiano, aún más torpe que el mío, aceptó la invitación.  Juntos, nos perdimos por los canales de Venecia. La fina línea de la luna creciente se ensanchó, como si sonriera…