Los que dicen que alentar la memoria histórica es alentar el revanchismo guiados por el rencor es que no han sufrido en su entorno familiar la represión, la humillación y el olvido.

Muchos lo dicen de buena fe, me consta porque tengo en mi entorno a gente magnífica que así lo cree. Lo que ignoran es que el olvido histórico nos mantiene atados al pasado; nos convierte en Sísifos eternamente condenados a subir por la pendiente de la historia la piedra de las injusticias no reparadas. Y toda herida mal curada supura y devora por dentro; a las personas y a las sociedades. Mientras no nos demos cuenta de ello, habrá dos visiones antagónicas e irreconciliables de España.

Walther Bernecker, eminente investigador alemán, se asombra de que todavía en España no haya un consenso básico sobre cuestiones tan importantes para nuestra historia como la responsabilidad originaria del comienzo de la Guerra Civil. «Preocupa, igualmente —afirma—, que ciertos círculos derechistas sigan teniendo problemas con la memoria histórica, cuando la inmensa mayoría de los españoles de hoy, por motivos puramente no puede tener responsabilidad personal de nada de lo que ocurrió hace 80 años…»

Hace unos años visité Berlín. Me sorprendió comprobar que la memoria del holocausto estaba presente en cada piedra de esa ciudad. En cada barrio había una placa conmemorativa, en los edificios emblemáticos se recordaba a los judíos deportados, menudean los memoriales, los museos. Debo confesar que llegó a asfixiarme esa permanente entonación del mea culpa colectivo. En el otro extremo está España. Aquí, ochenta años después, seguimos negándonos a asumir la historia. Se nos olvidan hechos como que la ONU condenó el franquismo en 1946 y prohibió a España ingresar en esa organización. Se nos olvida también que, sesenta años después, el Parlamento Europeo volvió a condenar el régimen de Franco, con la oposición del PP. Y de aquellos barros estos lodos… Tanto olvido nos lleva a que, a estas alturas, una parte de la sociedad siga rasgándose las vestiduras cuando se ordenan retirar los nombres de las calles o los símbolos franquistas. Esos mismos son los que, reconociéndose demócratas, condenan la dictadura cubana o soviética y, sin embargo, hacen la vista gorda con el franquismo, que no fue sino otra dictadura con los instrumentos represivos que todas las dictaduras, del signo que sean, emplean.

Por pura higiene democrática, una sociedad con un pasado tan violento como el nuestro debe fomentar las iniciativas que luchan por preservar la memoria colectiva. Porque el olvido histórico es a la sociedad como el Alzheimer al individuo: lo despoja de su humanidad, de su identidad y lo convierte en un ser sin voluntad y a expensas de otros que utilizan la desmemoria en su beneficio

Una sociedad verdaderamente sana debe afrontar su pasado con verdad, sin revanchismo y con ánimo de restauración. No se puede pretender poner punto y final a una historia que sigue doliendo a casi la mitad de la población española, a los herederos de los vencidos, aquellos que vivieron humillados, silenciados y estigmatizados durante la dictadura y olvidados durante la democracia, a aquellos cuyos antepasados aún permanecen enterrados en las cunetas de las carreteras y los campos de este país. Y dentro de los vencidos, las mujeres, como casi siempre, se llevaron la peor parte; esas víctimas de las víctimas, las madres, las hijas, las esposas que tuvieron que sufrir un doble estigma: como rojas y como mujeres. Ellas tuvieron que sacar adelante a sus hijos sin medios económicos, pero con una dignidad, una tenacidad y una fortaleza ante la que hay que descubrirse porque fue verdaderamente heroica. Sara Gallardo y Vanessa Perondi lo han sabido plasmar perfectamente en su magnífico documental ‘Las víctimas sin llanto’. En él han puesto voz a las que vivieron obligadas a callar; gestos -las imágenes de las manos son verdaderamente soberbias-, al dolor y música -la voz de Pilar la Mónica es el broche perfecto- a la esperanza. Gracias por ello.

Seguimos. Día a día. Pasito a pasito. Aunque avancemos un metro y retrocedamos medio -así es la historia de la humanidad-. Seguimos, porque no se puede pedir olvido a quien se le ha prohibido durante cuarenta años recordar en voz alta y se le ha recomendad, durante casi otros cuarenta no remover el pasado en aras de una concordia que, lamentablemente, siempre se pretende cimentar sobre los mismos…