La memoria cree antes de que el conocimiento recuerde. Cree mucho más tiempo que recuerda, mucho más tiempo del que tarda el conocimiento en preguntarse, dijo Faulkner en ‘Luz de agosto’.

Lucho contra la desmemoria, personal e histórica, desde que experimenté el dolor que produce sentir que alguien que amas se ha quedado varado en la playa del olvido permanente. Cuando hablo de memoria histórica, suelo decir que el olvido histórico es a la sociedad, como el Alzheimer al individuo: lo despoja de su humanidad, de su identidad y lo convierte en un ser sin voluntad, a expensas de otros. Perder la memoria es para mí el más cruel castigo que se le puede infringir a un ser humano. El ostracismo, el destierro interior al que nos condena nuestra propia mente.

Creo que por eso me atrae tanto la escritura autobiográfica. Porque en el camino de la vida, a veces, más de las que imaginamos, es necesario dar un paso atrás para ganar perspectiva. Esta sociedad de hoy, que nos promete siempre en el futuro lo que no nos proporciona en el presente, trata de convencernos de que mirar hacia atrás es una pérdida de tiempo, de que lo inteligente es mirar siempre hacia adelante. Yo creo que, en ocasiones, toca volver atrás y examinar la propia vida. La tuya y la de los que te precedieron. Porque necesitamos marcos de referencia, hitos que nos orienten en el camino de la existencia, luces que alumbren las noches oscuras que preceden a los amaneceres luminosos. Y algunos de estos asideros se encuentran en el pasado. En lo que fuimos y lo que fueron antes de nosotros.

Por ello, recordar, descorrer velos, hacerse preguntas es casi un mandato para vivir conscientemente. Y escribir, casi una obligación, por lo menos para mí; para interpretarme, para que mis recuerdos inconexos tomen forma, para saber de dónde vengo y quién soy. Porque, lo admitamos o no, escribimos con la sangre que nos corre por dentro. Como dice Lucía Benítez Eyzaguirre: ‘Ahora no sé si estoy a tiempo de escapar del trabajoso oficio de escribir; en realidad, de escribirme. Porque aunque no lo parezca, se trata de eso, de escribirme por los senderos más intrincados, por itinerarios que nadie más comprendería, (…) porque la magia está dentro y no afuera, en cada uno de nosotros’.

No obstante, mirar hacia dentro puede ser una actividad de alto riesgo. Hay que echarle valor para desandar lo andado y enfrentar, a partes iguales, viejos dolores y flamantes alegrías. Hay que estar sensatamente loca o cuerda ‘como una regadera’ para asomarse al borde del pasado, ese en el que siguen atrapadas poderosísimas energías, y, sin arnés, con los brazos abiertos, los ojos cerrados y confiando en la vida, lanzarse a volar, a soltar…

Escribir relatos autobiográficos es encontrar y abrirse a la posibilidad de que nos encuentren a través de ese reguero de migas de pan que vamos dejando en la esperanza de que alguien, desandando el camino, perciba, siquiera, un tímido reflejo de lo que fuimos. Escribimos para recordar y, ¿por qué no admitirlo?, para que nos recuerden. Vivimos y viven a través de nosotros; nos sobrevivirán y viviremos a través de otros. Queremos perdurar. Suena presuntuoso, pero ¿quién no lo desea? ¿Quién no fantasea con que en un futuro, cuando apenas seamos un destello fugaz del pasado, o un objeto que ha sobrevivido al vaciado de armarios y cajones o una frase escrita en un papelito escondido entre las páginas de un libro, alguien nos encuentre y nos evoque. Lo que fuimos, lo que quisimos ser y no fuimos, lo que ni imaginamos que seríamos y, sin embargo, fuimos.

En puertas de los cincuenta, me apetecía componer mi mapa del mundo, ese lugar donde viven mis queridos muertos y mis amados vivos; los afectos, los recuerdos, los sueños cumplidos y los que se quedaron por el camino, las frustraciones, los desengaños, lo que hice y lo que me queda por hacer. Parte de eso está reflejado en el relato ‘De memoria, perdón y otros conjuros’ incluido en el volumen colectivo ‘Las puertas de la memoria’. Un libro donde siete compañeros, ya amigos —compartir la intimidad es un magnífico catalizador de la amistad— y la que suscribe, magníficamente dirigidos por la periodista, poeta y fotógrafa, María Alcantarilla, nos hemos desnudado sin pudor y con verdad.

La poetisa y directora de cine Maya Angelou dijo: la gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará lo que le hiciste sentir. Los relatos autobiográficos que contienen ese libro, igual, les hacen sentir ‘bonito’. Si es así, habremos conseguido algo de lo que nos proponemos quienes abrimos en canal el corazón para ofrecerlo intacto y virgen: reconocer, reconocernos y, de paso, no ser olvidados del todo.