A veces, la vida se da rumbosa y se vuelve un lujo al alcance de las ganas.

En esos casos, solo me queda entregarme y aparcar las urgencias, enterrar las titánicas ambiciones y dejarme empapar por la salvaje sensación de estar rabiosamente viva.

Cierra fuerte los ojos y pide un deseo, me decías en ese tiempo en el que soñar aún era gratis. Más fuerte, más. Y yo los cerraba hasta que me dolían de tanto apretar.

Fuera del Floridita hace un calor tan intenso que achicharra las ansias. El sol, estandarte de fuego, derrite los pasos de los transeúntes que se atreven a transitar por las aceras melladas de la calle Obispo. Dentro, cinco músicos y una mulata de ojos rasgados y abisalmente negros con grandes aretes colgando de sus pequeñas orejas, interpreta ‘Lágrimas negras’ con voz arenosa. A mi lado, un par de extranjeros: él, rubio de melena espesa y piel sonrosada; ella, pelirroja de potente osamenta y ojos enigmáticamente verdes, acaban de dejar una mesa libre. Me apresuro a ocuparla. Sentada en primera fila frente al minúsculo escenario, daiquirí en la mano y rodeada de gente tan ávida de sentir como yo, la emoción alcanza la orilla de mis ojos. Y, sin poder evitarlo, no es el momento ni el lugar, un par de lágrimas escapan furtivas de mis ojos y se deslizan rebeldes por mis mejillas.

Y el tiempo se detiene.

Y ya todo es sentir.

Así, el rastro de mi paso por el mundo se disuelve sin el permiso de mi necesidad de dejar huella.

Y la capacidad de asombro baja como un escalofrío por mi espalda.

Mi gratitud inunda cada centímetro de aquel santuario de gozo.

Gratitud hacia la vida por tantos dones derramados sobre esa niña humilde que soñaba con los ojos cerrados, de cuyas cuencas brotaron manantiales de sueños cumplidos. Y de otros que ni siquiera se atrevió a imaginar…

El Floridita, La Habana Vieja, 20 de abril de 2015