Un anciano mira al infinito. Ajeno a los gritos de los que, como él, se quedaron varados en la playa de la desmemoria; a las regañinas de las cuidadoras; a la voz de la celadora anunciando las ansiadas, y siempre escasas, visitas, vive recluido en un mundo hostil y sombrío poblado de voces internas y zumbidos afilados.

Cuando sale al jardín, sus ojos turbios y pétreos, tan distintos a los que brillaban de deseo cuando la veía alejarse contorneando su cuerpo con esa gracia, que ni la Lollobrigida tenía, se posan al desgaire en los cachitos de cielo que se divisan entre las copas de los árboles. Perdido en los vericuetos de una memoria huidiza y voraz que día a día se va tragando las imágenes de las personas que poblaron su vida, maldice cada mañana despertar de nuevo de ese sueño pastoso en el que lo sumergen los tranquilizantes.

Lenta e inexorablemente, siente crecer dentro de él una presencia maligna. Una especie de malformación que, suplantando uno a uno sus huesos, sus órganos, su piel, su cerebro… lo ha convertido en un monstruo. Ya no hay nombres. No hay palabras. No hay identidad. Ni siquiera recuerdos a los que asirse. Y eso duele tanto…

Pero, a veces, sin saber por qué, el tormento le da tregua. Entonces, una tímida sonrisa se dibuja en su boca, normalmente desencajada, y un halo de serenidad ilumina su rostro. En esos instantes en los que el dolor afloja, sus arrugas, profundas como tajos, parecen suavizarse. Cualquiera que le hubiera conocido años atrás aún podría identificar los rasgos de ese hombre guapo y seductor que un día fue. Pero esos tímidos reflejos son tan fugaces como las estrellas errantes. De nuevo, vuelven las imágenes que le roban el sosiego. Y entre todas, una le atormenta especialmente. Una niña, con la mano extendida y la palma vuelta, le grita algo desde la distancia. Incapaz de soportar sus gritos se tapa los oídos. Escucharla le provoca un dolor tan insoportable como si lo estuvieran colgando del techo por un gancho clavado en el esternón. Trata de alejarla palmoteando violentamente al aire. Es inútil, la niña sigue ahí con su mirada fija. Una angustia atroz crece en su interior. El pecho se le achica al tamaño de una nuez y el aire se convierte en un gas venenoso que le ahoga. Aterrado, trata de gritar pero la voz, como si fuera de serrín, se le atasca en la garganta arañándole. Entonces, se aferra a un colgante con una mariposa de alas azules que siempre lleva consigo. Sentirlo en su mano lo calma. Con suavidad, se lo acerca al corazón y, despacito, se balancea adelante y atrás en un rítmico movimiento mientras balbucea algo ininteligible: gioia, gioia, gioia.

Y durante unos breves instantes, los fantasmas del pasado le besan en la frente.