-¿Llevas la chaqueta? Mira que en el tren ponen el aire acondicionado muy fuerte.

-Que sí papá, que la llevo, no te preocupes.

-¿Cogiste los calcetines que estaban tendidas en el cuarto de baño? Se me pasó recordártelo. ¡Vaya cabeza la mía! Seguro que te los has dejado allí.

-Los cogí papá, tranquilo —la muchacha resopla y pone gesto de fastidio.

-¿De verdad quieres irte? Puedes seguir intentándolo aquí. Seguro que te llaman para alguna sustitución en Navidad. Ya sabes que no necesitas irte a Barcelona, con mi pensión nos apañamos bien.

-Lo hemos hablado ya muchas veces, ¿vale? No sigas por ahí por favor. No seas cargante.

La cola avanza muy lentamente. La gente empieza a protestar. Al parecer, se ha estropeado el lector de códigos, así que, para aligerar, la revisora deja pasar a los viajeros que llevan impresos los billetes. A los que lo llevamos en el móvil, nos pide que nos hagamos a un lado.

-¿Qué pasa, Toñi? —pregunta el anciano algo nervioso—. ¿Por qué no te dejan entrar si tú tienes el billete comprado?

-Nada papá, problemas técnicos. Ya lo están arreglando.

-Pero ¿qué pasa? —insiste, cada vez más alterado—. Que vas a perder el tren. Y como lo pierdas a ver qué hacemos.

-Por favor, relájate, ¿vale? No pasa nada. Todo está en orden. Anda, hazme un favor, lárgate ya que me estás poniendo nerviosa.

El padre —por su aspecto parece más bien el abuelo de esa jovencita de piel blanca, ligeramente entrada en carnes y gesto serio— decide no hacerle ese favor, esos últimos minutos con ella deben antojársele  como las últimas bocanadas de vida para el pez que se retuerce ensartado en el anzuelo. Se limita a permanecer a su lado con la mirada fija en la pantalla donde se anuncian las salidas. Al poco, rompe de nuevo el silencio.

-Tu madre estaría muy orgullosa de ti -lo dice bajito, casi en un susurro.

No queriendo entrometerme en su intimidad, tampoco puedo alejarme mucho, la cinta que delimita el pasillo de acceso al andén me lo impide, vuelvo mi cabeza hacia las escaleras mecánicas. Oigo que la muchacha le responde con un lacónico «ya». Por fin, nos llaman para entrar.

-Venga, papá, ahora sí tienes que irte. Ya entro.

-Vale, vale —la voz suena quebrada, temblorosa—. No te olvides de llevar el Ventolín Y llámame todos los días, ¿de acuerdo? Esperaré tu llamada. Yo no voy a llamarte para no molestarte por si estás trabajando, pero tú llámame, llámame —el doble imperativo suena a súplica—. Ya sabes, no tengo mucho que hacer durante el día así que estaré esperando tu llamada.

-Sí, viejo, no me des más la brasa, que te llamo. No seas pesadito, por favor.

El anciano la rodea con sus brazos y, durante unos instantes, apoya la cabeza en el hombro de su hija que, visiblemente incómoda, se zafa de él pretextando que están entorpeciendo la cola. Le da un par de besos rápidos y, a toda prisa, se dirige a la cinta mecánica. Con mucho esfuerzo, la maleta es enorme, como si fuera a pasar mucho tiempo fuera, como si llevara toda su vida en ella, la sube a la cinta. Cuando esta la devuelve por el otro lado, la coge y, sin mirar atrás, se dirige a las puertas que dan acceso al andén. No puedo evitar volverme a mirar al padre, al que presiento roto por el dolor de la separación. Lo veo allí clavado donde su hija lo dejó, la gente pasando a su lado y él quieto, con la mirada fija en esa chiquilla, para él siempre será una chiquilla, que recién ha echado a volar. Parece que se hubiera achicado, que hubiera envejecido años en apenas unos pocos minutos. Momentos antes de que las puertas de cristal se cierren a nuestras espaldas, oigo un grito: «Toñi, cuídate hija. Cuídate mucho. Te quiero». Sin volver la cabeza, ella le dice adiós con la mano. Tirando de su pesada maleta, se pierde entre la gente que abarrota el andén. La adelanto y le echo una mirada de soslayo. Entonces, comprendo por qué no se ha vuelto a mirar a su viejo: está llorando; llora a mares. La nariz roja, las lágrimas cayendo en cascada por su carita aniñada, ya menos severa, ya toda aflicción. La ausencia presentida mordiendo en un lugar indeterminado del alma…

Cuánta fragilidad escondemos tras la coraza que exhibimos, —pienso mientras el nudo que se me estaba formando en la garganta desde hacía unos minutos acaba por cerrármela del todo.

Madrid, 04/09/2016