Decía el otro día Almudena Grandes en un artículo que en este país nadie tenía ya palabra de honor ni se respetaba la dignidad de los compromisos solemnes. Decía que eso lo aprendió en su familia. Yo también lo aprendí en la mía. Crecí escuchando que no debía faltar a la verdad ni a la palabra dada. “Las mentira tiene las patas muy cortas. Y cuando te descubran, no solo perderás el respeto de los demás, sino tu dignidad como persona”, —me repetían. Y la dignidad, en una familia de vencidos como la mía, era el último baluarte en el que resistir para no perder la identidad.  Leer artículo