El mundo no es como tú te lo imaginas, solías decirme cuando volvía a casa decepcionada por algo o de alguien. Era tu forma de protegerme, de hacerme ver que las cosas son como son; que el mundo no siempre es el hogar a donde volver después de una dura jornada para encontrar calor y protección. El mundo es un tablero de ajedrez donde los reyes y las reinas se encastillan en sus torres protegidas por caballos y alfiles que se parapetan tras sus peones. No estoy pesimista, abuela, es que he visto la película Espartaco por vigésima vez. Y siempre me deja el mismo regusto amargo de pensar que, en lo esencial, no hemos avanzado. Siglo tras siglo, siento abierta la herida en las carnes del mundo. Una herida que, en el aspecto laboral, cada vez sangra más ante nuestra perplejidad y, lo que es peor, nuestra resignación. Leer artículo