El dolor es una buena oportunidad para apearte del mundo por un breve lapso de tiempo. Sin remordimientos. Sin exigencias. Sin culpas. Solo estar.

Fuera, los afanes diarios de quienes, contra tanta maldad, se empeñan en hacer girar el mundo; los campos de refugiados, ecos de extrarradio que ignoramos para poder soportar nuestras miserables contradicciones; los Brexit, las LePen, los Trump; la lucha cotidiana por estirar la existencia; el frío que hiela Europa y endurece los corazones de sus privilegiados europeos; la prisa, reflejo de un ayer del que hoy me siento despojada; la gente que camina con los pies de plomo y el corazón vencido; los coches que se deslizan sobre carreteras asfaltadas de quimeras recicladas.

Dentro, el silencio, el calor, la sensación de que durante un breve espacio de tiempo, el que media entre una prisa y otra, entre un sueño y su obstinado revés, entre un encuentro y su correspondiente pérdida, por obra y gracia del dolor, me convierto en una mera espectadora, casi transparente, casi etérea, casi niña, casi inocente…

Todo ocurre fuera.

Fuera, el mundo, incomprensible, voraz, mezquino, ajeno.

Dentro, la que soy, entrando y saliendo de un sopor medicamentoso; oliendo al café recién hecho que llega desde la cocina, meciendo sueños y recordando a los que me habitaron.

Yo.

Dolor.

Aquí.

Dentro.

Y la cálida sensación de que nada puede pasar aquí dentro, nada que no sea soportable, solo el dolor, y eso pasará.

Y volverá la rutina. Y yo volveré a estar fuera.