Anteayer mientras la fisioterapeuta movilizaba mi hombro izquierdo y yo reprimía un grito de dolor, me preguntaba por qué seguía acudiendo a rehabilitación. Desde el comienzo del verano, que me diagnosticaron un popurrí de patologías en el hombro que me produjeron fuertes dolores e inmovilidad, he mejorado considerablemente. He conseguido recuperar casi el setenta por ciento de la movilidad y, salvo alcanzar un estante por encima de mi cabeza, ponerme el sujetador por detrás o quitarme una chaqueta empezando por el brazo izquierdo, puedo desempeñar la mayoría de actividades cotidianas sin demasiado esfuerzo. Entonces, ¿para qué seguir soportando el dolor que me provoca la rehabilitación? ¿Girar el hombro unos grados más me va a reportar tanta calidad de vida como para seguir sufriendo a diario el suplicio de movilizarlo?


En esas disquisiciones andaba yo, cuando caí en que esas mismas preguntas ya me las había formulado tiempo atrás referidas a las dolencias del alma.
Cuando un dolor muy intenso —la muerte de un ser querido, una decepción amorosa, una enfermedad, un sueño frustrado, la pérdida de una amistad, un revés económico…— nos rompe en dos, tardamos un tiempo en reponernos. En los primeros momentos, aullamos de dolor, no hay hora en la que no se escape un lamento, ni agujero al que arrojar la pena en la esperanza de que se pudra y, al fin, nos deje vivir, pero cuando el dolor va cediendo, tal vez no del todo, pero sí hasta un grado soportable, solemos optar por dejarlo ahí. A menudo, nos resignamos a sufrir un malestar manejable —la sociedad actual nos empuja a anestesiarnos de cualquier manera: analgésicos, ansiolíticos, drogas, alcohol, televisión, redes sociales, todo excepto mirar adentro, preguntarse, ir la origen, mirar cara a cara…— y renunciamos a seguir trabajando para eliminarlo del todo de nuestra vida: tememos que si lo removemos, si lo traemos a la superficie, vuelva a hacerse insoportable.

En uno y otro caso, la rehabilitación es imprescindible. Porque sigue habiendo estantes por encima de la cabeza que alcanzar; sujetadores que abrochar por detrás de la espalda, chaquetas que quitarse sin hacer contorsionismo, amores que encontrar, buenos momentos que saborear, amistades que disfrutar y sueños que poner en pie. A pesar del dolor o, tal vez, gracias a él. Porque la vida no es otra cosa que sentir en toda la gradación que va desde el sufrimiento a la felicidad. Y quien quiera vivir, no solo sobrevivir, debe aceptarlos todos. Como afirma el psicólogo israelí Tal Ben-Shahar: «La felicidad no es un código binario, de uno a cero, sino un subir y bajar. Es un viaje impredecible que termina cuando mueres». Y porque los fisioterapeutas tienen que comer, pobrecitos, que hacen muy buena labor y son muy majetes, incluso cuando te arrancan un grito de dolor sin mudar la sonrisa.