– Señora, su hija es una trolera y una lianta de mucho cuidado.
– ¿Mi niña?, pero, ¿por qué dice usted eso?
– Un día afirma que es hija de un agente la CIA que vive en los Estados Unidos y por eso nunca viene a las tutorías, otro que desciende por línea materna de Anastasia Romanova y, al siguiente, que tiene escondido en casa a unos chimpancés que salvó de un laboratorio donde los utilizaban para experimentar un medicamento contra la calvicie. Se inventa cada cosa… Y lo peor es que sus compañeras la creen. No puedo negarle que es una líder nata, pero embustera como ella sola.
Ya fuera del despacho de la maestra, mi madre me coge del brazo, temo que me deje impresos los dedos, y me ordena caminar rapidito. Los apenas trescientos metros que median entre el colegio y mi casa se me antojan kilométricos. Durante todo el trayecto, no para de reñirme. Yo, con la cara enrojecida, más por la rabia que por el esfuerzo de acompasar mi paso al suyo, la sigo a trompicones.
– Pero, ¿cómo puedes ser tan mentirosa? ¿Para eso te pago un colegio de monjas? ¡Qué vergüenza que tenga que oír esas cosas sobre mi hija! Como sigas por ese camino, te juro que meto en un colegio interna.
– Yo no soy embustera —es lo último que alcanzo a decir antes de que, con un pellizco de esos que retuercen la carne, me ordene cerrar la boca y me castigue sin paga durante un mes.
Esa madrugada, con el orgullo machucado y una sensación de frustración inmanejable por la incomprensión de mis mayores, me pregunto por qué no me creen, «todo es verdad, lo juro. Todo lo que cuento a mis amigas en el patio durante el recreo es verdad. Yo lo vivo aquí dentro -me golpeo la cabeza-. Es verdad. Es verdad». Entonces, aún no comprendía que yo había sido tocada por la fortuna de ser capaz de vivir muchas vidas paralelas a la que, en realidad, vivía.
No alcanzo a recordar desde cuándo invento historias. Creo que desde que tengo conciencia de existir. Mi cabeza siempre estuvo repleta de gente, casi más que el camarote de los Hermanos Marx, personajes que entraban y salían de ella conforme veía una nueva película o leía la última novela que había sacado de la biblioteca. Apropiarme de sus vidas, vivirlas por ellos era casi una adicción.
Fui Heidi; Marco; Afrodita, la novia de Matzinger Z; Laura Ingalls —nunca entendí por qué le pusieron apellido de entrepierna a esa chiquilla tan salada que le ponía los puntos sobre las íes a la detestable Nellie Olsen—; la pobre Puck, esa huerfanita a la que le tocaba investigar todos los misteriosos acontecimientos que sucedían en su internado. Protagonicé todas las aventuras de Los Cinco, siendo a ratos Julian, otros, Dyck, Jorge o Tim. Ana no; nunca me gustó la laboriosidad casi patológica de esa muchacha. Pipi Calzaslargas me enseñó que las chicas teníamos derecho a hacer lo mismo que los chicos sin ser criticadas por ello —luego supe que eso era feminismo, algo que en mi familia se ignoraba por completo—. Paul Newman me salvó de morir carbonizada entre las llamas del Coloso, gracias a su conocimiento de los pasadizos del edificio que construyó. Terminé bien la película Casablanca, y digo bien porque para mí fue una faena que Ilsa dejara a Rick en ese aeropuerto. ¿Cómo iba yo a dejarlo allí tirado después de los revolcones que nos habíamos dado en París? El coronel Aureliano Buendía venía a visitarme a altas horas de la madrugada, instándome a apagar la luz «porque no era prudente dormir apenas cuatro horas cada noche». Alguna vez, El Principito me dejó a cargo de su rosa para que no se quedase sola en su planeta. Y más de una vez espanté de mi cama a Gregor Samza convertido en un repugnante insecto. En su lugar, metí al comerciante chino que Marguerite Duras creó para El amante o al Conde Wronsky, con permiso de Ana Karenina: «claro que sí mujer, tú disfruta, que mira como acabé yo». O a Tomás, al que traté de aligerar la insoportable levedad con la que lo había marcado Kundera.
Y un día ocurrió. No recuerdo el año, pero hace mucho. Fue en la habitación de un hospital. Llovía fuera. Dentro, también. Mi madre se recuperaba de una complicada operación. Durante días permanecí a su lado leyendo, hacía mucho que el silencio se había instalado entre ambas. Primavera con una esquina rota, El polizón del Ulises y La casa de los espíritus hicieron más soportable la distancia compartida. Al terminar la novela de Isabel Allende y borbollando aún por dentro, juré que algún día yo también escribiría historias como esa. La idea de que a través de la escritura era posible multiplicar la existencia me resultó arrebatadora. Imaginación no me faltaba. Recursos literarios, sí, pero eso se aprendía.
Dicen los budistas que hay menos probabilidades de ser creados y de existir exactamente como somos que una tortuga que nade bajo un océano saque la cabeza en medio del agujero de un salvavidas arrojado desde el cielo. No tengo muchas esperanzas de volver a meter la cabeza en un salvavidas, así que, escribir es lo más parecido a vivir muchas vidas. Una sola, aunque llegara a ser centenaria, siempre me sabrá a poco.
Así que, ahora que mi maestra y mi madre no me ven, voy a contar mentiras. Procuraré que salgan bonitas.