Este libro de Odin Dupeyron es un cuento alternativo, interactivo (entre personajes, escritor y lectores -porque a la fuerza reflexionas a la vez que personajes y escritor te van enganchando en su historia), divertido y real como la vida misma, que merece la pena leer.
En él no encontramos nada nuevo en lo que se refiere a la filosofía positivista que exuda, es cierto, pero por lo menos ayuda a fijar algunos conceptos que, no por evidentes, dejan de pasar inadvertidos en demasiadas ocasiones. Conceptos como el miedo limitante, representado por el Dragón Negro que nos habita; las ansias de libertad, y el miedo a la responsabilidad cuando esta se ejerce con todas sus consecuencias; el peligro de ‘salir a vivir’ como un impulso imprudente mediatizado por tantos libros de autoayuda que nos señalan con el dedo como los responsables de todo lo bueno y lo malo que nos pasa -peligroso, aunque facilón mensaje, porque si te pasan cosas malas, te hundes doblemente: por lo que te ocurre y por haberlo generado tú-; la curiosidad, esa que perdemos, o nos hacen perder, cuando crecemos por conocer otras cosas, por salir a buscar lo que hay más allá, por arriesgarnos ‘aunque no aparezca esa señal que esperaba la Princesita Odai. De todo, me quedo con una idea: ‘Las respuestas están ahí. Siempre están ahí, lo que sucede es que nunca sabemos preguntar’. ¿Sabemos preguntar? Yo no tanto como desearía. Desde pequeña me enseñaron que preguntar era de entrometida. Hay tantos mensajes que arrancar, como maleza que impide seguir avanzando por el camino de la existencia consciente, que termino ya de escribir esto, cojo el machete y me pongo a cortar, pero YA.