El verano encaneció de pronto.
La lejanía de los días
brillantes y displicentes
comenzó a doler en un lugar impreciso del alma,
ahí donde el invierno empezaba a morder,
ahí donde tu recuerdo se iba borrando
en el esforzado y eterno
ir y venir de las olas.

Y ya nada volvió a ser igual.
Todo se convirtió en rutina,
en devastadora ausencia de ti.