Cada mañana, presurosa y feliz,
ascendía por esas escaleras,
encajonadas entre níveos muros,
que me conducían hacia ti.
 
Ansiando recorrer, de lunar en lunar,
la geografía imprescindible de tu espalda,
hundirme en la mar de tus ojos turquesa,
destrozar el reloj
a golpe de beso
a ritmo de gemidos
a fuerza de vida.
 
Fueron tiempos de locura,
tiempos sin tiempo,
tiempos ya solo recordados
por el latido incesante de mi vientre
y el temblor porfiado de mis piernas
que me urgen a seguir buscándote
al final de esa escalera
tantos años después.