Mis mujeres arrastran la vida
vestidas de miedo,
amortajadas de sueños,
preñadas de trágica feminidad.
Se lavan la cara y temen.
Se peinan y temen.
Ríen, pero lloran.
Lloran y temen llorar más.

Mis mujeres se consumen
en la hoguera de la mansedumbre.
Pierden el polvo de sus alas
con cada lágrima derramada.
Esconden su dolor
tan adentro, tan hondo,
que lo transmiten con sus genes
sin saber, sin querer…

Dan vida y legan penas.
Aman y legan penas.
Hacen y legan penas.

Pero un día la cadena se rompe:
una se salva y se salvan todas.
Ese día, mis mujeres nacen de nuevo.
Se miran a los ojos y comprenden.
Se toman las manos y alzan el vuelo.
Y ya no hay vuelta atrás…

A partir de entonces,
se lavan la cara y ríen,
se peinan y ríen,
crean y ríen,
ríen y vuelven a reír.

Y abren en canal su dolor
Y sueñan en voz alta..
Y se atreven a encontrar
y a desterrar el nunca jamás.
Y engendran solo vida.
Aman solo amor.
Lloran solo lágrimas.
Sueñan solo sueños.

Y en ese instante,
nuestra gozosa feminidad, por fin,
redonda, luminosa y total,
echa a rodar imparable.
Por los siglos de los siglos,
desde ellas hasta mí,
desde mí hasta ellas.