Atravesando el Puente Veinticinco de Abril, Lola habla de Lisboa con una pasión desconocida en una persona tan comedida y racional como ella.  Con los ojos, brillando de emoción y la voz, bailando de impaciencia le habla a Sara de su amada Lisboa, su mejor ansiolítico:

lisboa 2“Aquí todo parece discurrir más lento: La decadencia; el andar sosegado de su gente por las aceras; la historia con mayúscula compuesta de millones de minúsculas historias; las penas mecidas a ritmo de fado…

Desde la primera vez que pisé su suelo, mi corazón quedó prendado de sus edificios de balcones herrumbrosos donde se asolean sin pudor sábanas, bragas y camisones. De las casas de comida, que huelen a parrilla y vinho branco, en las que, oficinistas enchaquetados y obreros en mono de faena, se mezclan en mesas corridas cubiertas por hules de plástico. De sus empinadas cuestas que desembocan en el Tajo, ese falso mar tan querido por los lisboetas que confiere al ambiente una luminosidad especial. De sus tranvías amarillos que ascienden por cuestas tan estrechas y empinadas que casi rozan los edificios que se alzan a ambos lados de la calle, de sus hermosos miradores,  de las callejuelas laberínticas de Alfama o Chiado y de sus iglesias. De sus comercios, por los que la modernidad parece haber pasado de largo incapaz de reemplazar las viejas estanterías y los robustos mostradores de madera por los asépticos e impersonales expositores de los grandes almacenes. De esos miles de dependientes, camareros, taxistas o conductores de autobús, ya entrados en años, que siguen atendiéndote a la vieja usanza: bom dia senhorita, ¿é que eu posso ajudar?; muito obrigado; ide com Deus…

Este lugar es un bálsamo para mi tristeza. Por eso, cuando la melancolía acecha en el filo de las horas oscuras, siempre busco una excusa para volver”.