El tamaño del corazón’ es un libro grande, como grande debe ser el escritor capaz de abrirnos las puertas de su alma para compartir con nosotros experiencias íntimas, recuerdos de personas —tan importantes como la madre ‘que habla de lo dulce, de dormir que son las mañanitas de mayo o del sabor de un caldo hecho a fuego abierto’; el padre al que recuerda en su primer relato «La casa de Almendros Aguilar»; ambos: ‘Vosotros sois el premio de la lotería’—, los hijos, los nietos; vivencias y sentimientos experimentados desde una juventud en la que hasta duda del tamaño de su corazón, ‘¿Tendrá hueco mi corazón donde albergar este nuevo afecto que me crece en ese vientre ajeno en el que ya empezaban a notarse sus movimientos, su llamada de mi sangre de padre…?’, hasta la plena madurez que nada considera inefable, ‘Te irás encontrando un montón de paradojas y circunstancias inexplicables a medida que vayas viviendo. Un montón de paradojas, de cosas que te vencerán, matarán tus ideales, tus ilusiones’; creencias religiosas que, aunque no compartes, te infunden respeto por la honestidad con la que son sentidas y expresadas…

Conforme leía estos treinta y dos relatos, treinta y dos trozos de vida propia o ajena, ya apropiada, me imaginaba sentada frente al escritor, compartiendo unas copitas de fino o de manzanilla, y escuchándolo hablar de los enigmas del daño; de su necesidad de diseñar teorías para transitar por este complejo mundo y entenderlo; de Gibraltar —visto a través de los ojos de Juan José Tellez, otro grande—, lugar con el que, en parte, me he reconciliado a través de este relato; del temor por la finitud de la vida en contraposición al tiempo infinito de la infancia: ‘Todo lo que teníamos era vida en ese tiempo, era tiempo’; de la música, refugio y preciada herramienta para transitar por la existencia con belleza y serenidad; de la laxitud de una mañana de sábado en la que abre los ojos y el reló le devuelve la imagen: 8:12 A.M., pero no hay que levantarse, no habría que haberse despertado, pero lo ha hecho, así que, con los ojos cerrados, muy quieto para no despertar a su mujer entra en un mundo de ensoñación sin ‘pensar en nada concreto, sentir la sensación inefable de que hay otro día de vida’. Y las copas se van vaciando y volviendo a llenar, y yo le pido que siga contando, y Enrique me habla del hombre de negro, que cada día ‘se apoya en la columna de la puerta de entrada del cementerio municipal’; del misterioso poeta que vivía rodeado de pañitos de crochet y de rosas, de la hermana Florentina, de Paco, el de la Paqui, para el que el destino quiso que se rompiera los ligamentos y descubriera la mano de Dios en el discurrir de la existencia; de la descabellada boda del Niño de Lebrija…

En conclusión, un libro muy recomendable en el que el autor, que domina el lenguaje de una manera magistral, apabullante y evocadora , se abre en canal y abre al lector el baúl de las certidumbres, y lo deja ahí, frente a un espacio vacío. Un libro que hay que releer, porque sus reflexiones —las de toda una vida jalonada de interrogantes, algunos respondidos y otros, la mayoría, sin responder—, te zarandean y te mandan al rincón de pensar.