Siempre me ha fascinado el viaje contracorriente de los salmones.  Nacen en el río y ahí permanecen hasta que alcanzan la juventud, momento en el que bajan hasta el mar, donde viven hasta la madurez. Al acercarse la época de la reproducción,  inexplicablemente, emprenden el camino de vuelta al lugar donde nacieron. Y lo encuentran con asombrosa precisión. Un camino durísimo, de centenares de kilómetros, repleto de dificultades. No todos llegan al lugar de origen. Muchos mueren, exhaustos, durante el viaje.

Sólo quien nada contracorriente puede encontrarse a sí mismo, a sí misma. Porque en medio de la prisa, del ruido ensordecedor de las ciudades, de la muchedumbre azuzada por mesías y anestesiada por mercaderes de existencias, es difícil saber quiénes somos y qué hemos venido a hacer aquí. Es un viaje largo y difícil. El éxito no está garantizado. Por contra, los desengaños, las traiciones, el dolor, las caídas menudearán en el tránsito hacia ese lugar del que vinimos. El lugar donde sólo somos nosotros. Nuestro lugar…