“Te han dado una pequeña chispa de locura. No debes perderla”, nos aconsejaba Robin Williams, uno de los actores más mágicos de Hollywood, que un día, tal vez consciente de que la había perdido, decidió quitarse la vida.
Defender la locura. Osada e imprescindible propuesta. Envejecemos cuando nos vuelven cuerdos, porque nos vuelven, no nos volvemos, ¿quién querría perder voluntariamente esa brizna de locura, de espontaneidad, de frescura? No importa la edad a la que esto ocurra. Si la cordura nos llega a los doce años, somos viejos a los doce. Si llega a los veinte, a los veinte. Si se retrasa a los cincuenta, a los cincuenta. Y así, transitamos por el mundo con nuestra cordura a la espalda, encorvados, tristes, infectados por el virus de la rutina. Hasta que morimos. ¿O ya estamos muertos cuando nos llega la muerte?